Los problemas los tenemos dentro

Durante los últimos meses hemos venido escuchando el falaz argumento de que el problema de España es fundamentalmente el alto coste al que nos estamos financiando en los mercados. Sorprende, sí, escuchar algo así en un país con seis millones de parados, un sistema bancario en su mayor parte quebrado, un aparato productivo descompuesto y un sector público vorazmente recaudador. Pero sí, al parecer, y según reza esta conveniente tergiversación popular, el problema de España es que una cohorte de especuladores facinerosos está obsesionada con hundir el país exigiéndonos unos tipos de interés desorbitados para prestarnos dinero.
Problema de este razonamiento: el tipo de interés medio que abonan el conjunto de las Administraciones Públicas todavía es más bajo que el de 2007 y de 2008. De hecho, si en estos momentos se nos condonaran todos los intereses de nuestra deuda, el déficit seguiría anclado en torno al 6% del PIB: un descuadre absolutamente insostenible que, sumado a los despropósitos anteriormente reseñados, explican la explosiva desconfianza con la que nos miran los inversores en los últimos meses.
Acaso no podría ser de otro modo: es absurdo pensar que los inversores nacionales y extranjeros rechazan diariamente el negociazo que en buena lid supondría meter su dinero en un activo que, como la deuda pública española, abona unos intereses del 7% anual y que se nos dice que es absolutamente seguro. Algo falla en tan primario razonamiento: si los malvados inversores sólo buscan lucrarse, ¿cómo renunciar a tan jugosa inversión?
Pues porque, como decíamos, la inversión no es ni mucho menos tan jugosa atendiendo a los riesgos objetivos del país. Mas, siendo así las cosas, ¿por qué el Gobierno insiste en que nuestro mayor problema son los tipos de interés de la deuda? Pues porque sus propósitos inmediatos no son solventar los desequilibrios a largo plazo que padece el país –sobredosis de regulaciones e hipertrofia del sector público–, sino seguir gastando muchísimo más de lo que se ingresa, para lo cual se vuelve necesario esterilizar el claro mensaje que la prima de riesgo nos transmite: si el país continúa avanzando por ese camino de despilfarro, va derechito a la suspensión de pagos.
Por eso Rajoy y los suyos se obstinan día tras día en desacreditar la prima de riesgo y en reclamar que el BCE nos compre deuda a tipos falseadamente reducidos, y por eso el rescate de la economía española no tiene, ni mucho menos, por qué solventar nuestros problemas de fondo. Si nuestros políticos continúan anteponiendo a la necesidad de las reformas su obsesión por no renunciar a su poder, a sus prebendas, a sus mamandurrias y a sus niveles desbocados de gasto, entonces el rescate de España será tan exitoso, y por idénticos motivos, como ha podido serlo el griego.
Probablemente por ello, los alemanes, que son quienes han de poner el grueso del dinero para rescatarnos, todavía no hayan dado su plácet y, probablemente también por ello, Mariano Rajoy se resiste como gato panza arriba a pinchar la burbuja del sector público. Nuestros acreedores no se fían de nosotros y empiezan a avistar billonarias pérdidas en el horizonte: Hans Werner Sinn, el economista más influyente de Alemania, advierte del agujero que supone España y ya ha comenzado a plantear abiertamente que no puede seguir en el euro. Todo un éxito de gestión de PP y PSOE. Habría, empero, que corregir a Sinn: España sí puede permanecer en el euro, pero cada vez está menos claro si será capaz de lograrlo con una clase política y una base ciudadana tan adicta al estatismo.

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