¿Necesita España más ahorro?

Me pasan el siguiente post del economista Tomás Iglesias donde se critica una de las fórmulas que habitualmente empleo para resumir qué necesitamos para salir de la crisis: más ahorro público y privado. A saber, como expuse aquí: “la alternativa es incrementar el nivel de ahorro del sector público y del sector privado para sanear balances y pagar deudas. Con este ahorro se podrían ir pagando los vencimientos de las deudas tanto privado como públicas”.
El autor de la anotación me recrimina fundamentalmente tres puntos: uno, que el ahorro lleva subiendo durante los últimos quince años, tal como se refleja en el aumento absoluto y relativo de los depósitos familiares, sin que ello haya obrado nada positivo; dos, que en todo caso, necesitaríamos más ahorro de parte de quienes están más endeudados, pero sucede que quienes ahorran son quienes no están endeudados y quienes sí lo están no pueden ahorrar; tres, lo que necesitamos, en suma, es una mejor distribución de la renta para que la actividad económica no colapse y para que los más endeudados puedan hacer frente a sus obligaciones. Tres argumentos que contienen tres acumulaciones de errores considerables.
Primero, el autor confunde ahorro con los depósitos bancarios agregados de las familias. Semejante equiparación no tiene demasiado sentido, no ya desde un punto de vista agregado, sino individual. Los depósitos bancarios son una parte del activo familiar, pero para saber qué parte de ese activo familiar procede del ahorro, habrá que atender al pasivo familiar: si una familia se endeuda para ver incrementado su activo es evidente que no está ahorrando; sólo si el aumento del activo se financiara con un incremento de los fondos propios podríamos hablar, provisionalmente, de un aumento del ahorro (en realidad, ni siquiera esta más precisa definición contable sería exacta, pues, como explico en mis Los errores de la vieja Economía, lleva a considerar las burbujas de activos como ‘ahorro’, cuando son todo lo contrario: un consumo de capital enmascarado).
En el caso de España, es evidente que los depósitos familiares han aumentado sostenidamente durante los últimos 15 años porque el endeudamiento de familias y empresas (del sector privado) también lo ha hecho. La operación bancaria es tan sencilla como anotar la constitución de una hipoteca a favor del banco (deuda familiar) a cambio de la creación de un depósito bancario a favor de la familia (pasivo bancario). Aquí no hay aumento del ahorro, sino del endeudamiento. Y eso es justo lo que le ha sucedido al conjunto de la economía española especialmente en la última década: créditos de bancos extranjeros a bancos españoles para que éstos concedan préstamos a familias y empresas que inevitablemente, por meras identidades contables, van de la mano de un aumento paralelo de los depósitos a familias y empresas. Nada demasiado sorprendente para quien conoce cómo funciona mínimamente el sistema financiero y que debería blindarnos contra la simpleza de equiparar depósitos familiares con ahorro familiar: de hecho, sucede muy habitualmente que cuando los depósitos familiares crecen lo que está aumentando no es el ahorro sino el endeudamiento y que cuando los depósitos familiares decrecen lo que sí está aumentando es el ahorro (pues los préstamos se amortizan y, al hacerlo, desaparecen los depósitos). Si alguien tiene dudas sobre este proceso, sólo tiene que leer, por ejemplo, al brillante (aunque criticable en muchas partes) capítulo IV del fantástico libro de Henry Thornton Crédito papel, escrito hace 210 años pero todavía poco asimilado por muchos economistas.
Tan es así que la economía española en su conjunto no ha ahorrado sino que se ha endeudado en masa que el déficit exterior de España en 2007 era del 10% del PIB. Dicho de otro modo: el país, en su conjunto, gastaba un 10% más de lo que producía internamente. ¿Cómo es tal cosa posible? Pues porque la diferencia la importábamos y no la pagábamos por el momento, es decir, nos endeudábamos con el exterior. Cuando digo que la economía española tiene que ahorrar mucho más, una de las implicaciones es justamente ésa: los agentes deben reducir su consumo en relación con su producción y vender la diferencia a sus acreedores (esto es, deben pagar sus deudas). De momento, parece que en 2013 tendremos un ligero superávit exterior, lo que significaría que, por primera vez en años, la economía española en su conjunto ahorrar y empieza a pagar sus deudas exteriores. Pero lo saludable sería que ahorráramos todavía más, es decir, que redujéramos nuestras deudas (y ampliáramos nuestros fondos propios) mucho más.
Es aquí donde entra la segunda de las críticas de Tomás Iglesias: sólo están ahorrando las familias que no están endeudadas y las que lo están no pueden ahorrar y reducir sus deudas. Lo primero es que el autor nos remite a la encuesta financiera de las familias que elabora el Banco de España para transmitir la idea de que quienes pueden ahorrar (los ricos) no están endeudados y que quienes no pueden ahorrar (los pobres y parados) sí lo están. En realidad, la encuesta financiera no dice nada de esto, sino más bien todo lo contrario: sólo el 16,5% de los hogares con menor renta (el 20% más bajo) tiene deudas mientras que el 64,7% de los hogares con mayor renta (el 10% más elevado) las tiene. De hecho, el Banco de España es bastante claro al respecto; sólo es menester realizar el esfuerzo de leerlo: “Los grupos con menor probabilidad de tener deudas son los hogares en el tramo inferior de la distribución de la renta (16,5%), los mayores de 64 años y los jubilados (…) Los mayores volúmenes de deuda pendiente se observan, en mediana, entre los más jóvenes (61.800 €), los empleados por cuenta propia y los hogares con dos miembros trabajando. Además, estas cantidades crecen con la renta, pero no de forma clara con la riqueza”.
Por tanto, quienes están más endeudados y concentran una mayor parte de la deuda familiar son las familias de renta más elevada; siguiendo la (errónea) lógica del autor, eso significa que las familias pobres son las que están ahorrando y las ricas las que no lo están haciendo, debiendo proceder a redistribuir la renta desde las pobres a las ricas. Obviamente, esto es un disparate.
Sucede, sin embargo, que afortunadamente el ahorro familiar sí se está traduciendo en una reducción del endeudamiento familiar (lenta, pero continuada) y que no sólo necesitamos ahorro familiar y empresarial para desapalancarnos e incrementar nuestros fondos propios, sino para financiar el aumento de la nueva inversión que necesita este país para remplazar un modelo productivo caduco y de muy bajo valor añadido. El autor ni menciona la más urgente necesidad de que, no ya sólo las familias, sino las empresas ahorren, esto es, que destinen porciones crecientes de sus beneficios a reducir sus deudas y acometer nuevas inversiones. Al cabo, dado que no podemos seguir acumulando crédito extranjero y dado que, en consecuencia, debemos tratar de autofinanciarnos, toca restringir nuestros gastos y echar mano de nuestro ahorro interno (destinar partes crecientes de nuestra producción no al consumo/disfrute, sino a pagar nuestras deudas o a capitalizarnos).
Es curioso que el Sr. Iglesias sostenga que la economía española se está hinchando a ahorrar cuando: a) el Ibex está por los suelos y b) los tipos de interés están por las nubes. Si los españoles ahorraran mucho más, habría una tendencia –sobre todo si despejamos el riesgo regulatorio y el de la suspensión de pagos del país, de ahí la necesidad de la austeridad pública y de las liberalizaciones– a canalizar ese ahorro hacia activos de alto rendimiento como la renta fija o la renta variable, haciendo aumentar sus precios y reduciendo el coste de financiación de las empresas. Iglesias quiere dar a entender que los españoles, en lugar de lanzarse a invertir todo el ahorro extraordinario que están acumulando, lo están depositando en la banca. En realidad, ya hemos visto los motivos esenciales por los que esos depósitos no nacen del ahorro sino del endeudamiento; pero es que si nacieran del ahorro, los bancos españoles estarían ahora mismo nadando en un océano de liquidez, cuando sólo están logrando evitar la suspensión de pagos merced a las líneas de crédito extraordinarias que les proporciona el Banco Central Europeo (y que se ven reflejadas en los enormes balances de Target2). Por tanto no, ni por una vía ni por la otra cabe concluir que los depósitos familiares
Por último, el autor realiza una cabriola económica para justificar su postura favorable a la redistribución de la renta de ricos a pobres (aunque, atendiendo a sus premisas como ya hemos dicho, debería ser de pobres a ricos): la riqueza y el endeudamiento son variables stock que derivan de la acumulación de otras variables flujo, fundamentalmente la diferencia entre los salarios que reciben las familias y los precios que pagan por sus gastos.  Por tanto, hay que aumentar salarios y mantener a raya los precios. El párrafo es una perfecta compilación de deliciosas falacias económicas, que voy a apuntar brevemente.
Primero, ni la riqueza ni la deuda son acumulaciones de rentas pasadas. Este es un error muy común propio de quienes no comprenden adecuadamente el mundo de las financias y caracterizan la riqueza (o la deuda) como la acumulación de cereales en un almacén. Tanto la riqueza como la deuda miran hacia el futuro, no hacia el pasado. En concreto, el valor de mercado de nuestros activos no depende del coste de producción o de adquisición histórico (por mucho que contablemente sea prudente reputarlo así), sino del valor actuales de los bienes futuros que esperamos que produzcan. Dicho en plata: si invierto 1 millón de euros en una empresa que destruye valor, la riqueza que tengo es cero, no 1 millón de euros. Por otro lado, la deuda no se concede en función de la riqueza acumulada hasta la fecha, sino de la riqueza que se proyecta que vayamos a generar en el futuro: lo que se hace es traer al presente los ingresos futuros que tendrá una persona, no sus ingresos o ahorros pasados.
Segundo, la renta no viene de los salarios, sino de la producción. Los salarios, los beneficios o los intereses son tipos de renta que dan derecho a porciones de los bienes producidos. Reducir toda renta a los salarios es un error; creer que los salarios es el origen último de toda renta, otro mucho más considerable. Sugerir que los salarios deben aumentar para que lo haga el ahorro es obviar que una manipulación de los salarios y de los precios puede conducir a una implosión de los patrones de producción y, por tanto, a una destrucción de salarios. Por ejemplo, si una empresa puede vender su mercancía por 100 y paga 90 de salarios, obligarle a que suba los salarios a 150, no conducirá a que la masa salarial aumente, sino a que se hunda: la empresa cerrará y se despedirá a los trabajadores. Fenómeno cuya expresión última es más sencilla: si la utilidad de los bienes que produces es 100, no puedes asumir un coste de oportunidad (la producción que se deja de crear en otras partes de la economía) para fabricarlos de 150; en tal caso, es mejor que la empresa cierre. Como ya dije, no necesitamos salarios ni altos ni bajos, sino libres: salarios que permitan maximizar la producción (y el empleo) en lugar de constreñirla.
En definitiva,  Tomás Iglesias se equivoca por vía múltiple: ni ahorro es idéntico a depósitos, ni la distribución del ahorro y de las deudas es la que él supone, ni el ahorro de los no endeudados es estéril, ni aumentar los salarios permite aumentar la producción. Humildemente, me gustaría recomendarle mi nuevo libro: Una alternativa liberal para salir de la crisis. Quizá ahí descubra que la caricatura que ha efectuado de una de mis posiciones centrales no se sostiene por ningún lado.

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