¿Para qué austeridad teniendo brotes verdes?

Por mucho que nos hayamos aclimatado al muy confiscatorio entorno tributario parido por el socialdemócrata Gobierno del PP, resulta obligatorio comenzar cualquier análisis sobre los Presupuestos Generales del Estado de 2014 constatando una vez más la mentira: Rajoy y Montoro no sólo concurrieron a las elecciones prometiendo no subir impuestos, sino que, tras violar flagrantemente semejante compromiso nuclear, nos dieron su palabra de que el sablazo se extinguiría en 2014. Pero no lo ha hecho: ése, debemos suponer, es el valor de su palabra.
Pues, en efecto, uno podría incluso haber comprado a finales de 2011 el argumento rajoyano de que, tras haber levantado las alfombras roñosas del zapaterismo para encontrar colosales boquetes presupuestarios, la única palanca de urgencia con la que contábamos para recuperar nuestra credibilidad internacional era subir los impuestos: no había tiempo, se nos dijo, para implementar con rapidez recortes sustanciales del gasto que evitaran la interrupción súbita de la refinanciación de nuestra deuda (el argumento siempre fue falaz, pero al menos sonaba verosímil).
Mas, después de dos años y tres presupuestos generales del Estado, el resultado ha sido el opuesto: los impuestos, lejos de haber comenzado a bajar, han seguido creciendo al ritmo más acelerado de nuestra historia; los gastos, lejos de haberse minorado, han aumentado casi un 10% desde 2012, revertiendo todos los timoratos recortes que el propio Gobierno promovió nada más llegar al poder.
Echen cuentas: por un lado, entre 2012 y 2014, los gastos no financieros presupuestados para los Ministerios se han expandido en 11.100 millones de euros; por otro, el aumento de recaudación a cuenta de la subida del IRPF fue de 3.500 millones y el del IVA de 8.100 millones: un total de 11.600 millones de euros. Dicho de otro modo, el incremento del gasto impulsado por el «muy austero» Partido Popular ya ha devorado los efectos de estos dos brutales rejonazos fiscales. En suma, el «sacrificio» que se les impuso a las familias y empresas españolas para sanear los desequilibrios de nuestro Estado hipertrofiado ya se ha esfumado porque ese mismo Estado hipertrofiado, lejos de adelgazar, continúa engordando a ritmos inmanejables.
La clave del asunto, obviamente, es que las subidas de impuestos jamás buscaron acabar con el déficit, sino tan sólo maquillarlo para consolidar la refinanciación de una maquinaria estatal sobredimensionada. No en vano, sólo los presupuestos de 2014 ya recogen un incremento de los gastos de la Administración central de casi el 3%, y ello a pesar de que el coste esperado por intereses caen un 5,2%. Este año gastamos más no porque debamos abonar mayores sumas a nuestros acreedores, sino porque los desembolsos finales del Gobierno siguen expandiéndose de manera automática.
De ahí que el déficit público se haya estancado en el 7% de nuestro PIB y que la deuda pública esté condenada a alcanzar el 100% del PIB durante los próximos meses. Circunstancias que, más allá de la propaganda oficialista, no parecen preocupar demasiado a Montoro y los suyos toda vez que el paraguas de Mario Draghi les garantiza el acceso al crédito. Al cabo, la titánica reducción del déficit propio que ambiciona alcanzar el Gobierno central para 2014 es de, atención,una décima. Sí, ha leído bien: el Ejecutivo más austero que ha conocido la humanidad, en medio de una de las peores situaciones presupuestarias jamás vividas por España, se marca como objetivo que su déficit se reduzca del 3,8% del PIB al 3,7% (las otras seis décimas que, de manera extremadamente cicatera a se han programado para 2014, recaerán sobre las autonomías y la Seguridad Social). Raquítico ajuste que, para más inri, presupone que este año cumpliremos con las metas de déficit, algo que cada vez estamos más lejos de alcanzar entre otras cosas porque los números rojos de la Seguridad Social empeoran a un ritmo alarmante y el Ejecutivo sólo ha intentado plantarles cara con una reforma chapucera que hoy mismo ha tarificado.
Como algunos ya denunciamos en su momento, la estrategia fiscal de este Gobierno consiste en contener un poquito el ritmo de incremento del gasto y en saquear al sector privado productivo mientras le pone una vela al advenimiento de una recuperación que traiga consigo una abundante recaudación adicional. El PP, como formación partidaria del Estado gigantesco que es, jamás se propuso transformar el tamaño, alcance y papel del gasto público en España: sólo buscó maquillarlo a la espera de volver a retomar su imparable crecimiento en medio de un contexto más favorable. Los Presupuestos de 2014 sólo son la penúltima expresión de esta suicida estrategia ya iniciada en los Presupuestos de 2013: con uno de los mayores déficits públicos del planeta, Rajoy saca pecho al anunciar el fin de los recortes. Dicen que la nueva situación permite aumentar el gasto, aunque por lo visto no permite bajar los impuestos. En realidad, no permite otra cosa salvo aquella que resultaba exigible desde el comienzo: cuadrar las cuentas reduciendo el gasto y reduciendo los impuestos. Pero ni una cosa ni la otra. A estas alturas, el Ejecutivo ya se ha encogido de hombros y lo confía todo, incluida la solvencia del Estado español, a los brotes verdes. Justo como Zapatero.

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