Perverso maridaje

Dos años y medio después de que la banca mundial fuera rescatada por nuestros generosos Estados, el presidente de la Comisión Europea, Durao Barroso, solicitó este miércoles una “recapitalización urgente” de las entidades financieras del Viejo Continente que podría requerir de nuevas inyecciones de dinero público: las estimaciones más optimistas hablan de al menos 200.000 millones de euros más, algo así como cinco veces el gasto anual en Educación del Reino de España.
Ciertamente, ésta parece la historia de nunca acabar: la voracidad insaciable de una banca que parasita a unos Estados tan escuálidos que ya ni siquiera pueden pagarles los medicamentos a sus ancianos. Es cuando menos lógico que la ciudadanía muestre su malestar y se pregunte a qué viene esto de que los contribuyentes rescaten sin fin a los bancos. Y la conclusión parece inapelable: el capitalismo es un sistema inviable que engulle todo lo que tiene a su alrededor, incluidos los Estados que se empeñan en reflotarlo.
Sucede, sin embargo, que la historia es algo más compleja. En principio, las entidades de crédito deberían ser empresas como las demás. ¿Que tienen problemas de liquidez? Pues que incrementen los tipos de interés para captar más depósitos. ¿Que acumulan pérdidas ingentes? Pues que se declaren en concurso de acreedores y procedan a reestructurarse. Con todo, en la práctica, ninguna de estas dos opciones se considera políticamente realista debido a que las cuentas corrientes de un país, su sistema de cobros y pagos, se encuentra inmovilizado en las inversiones basura de la banca. Si caen éstas, se derrumba aquél; e imagínese el desastre que supondría quedarnos sin la infraestructura necesaria para pagar el pan o el recibo de la luz (recuerde: Argentina).
Pero esa estrecha compenetración entre las inversiones de la banca y nuestras cuentas corrientes no es el resultado natural del neoliberalismo salvaje, sino más bien de las prebendas con las que nuestros políticos han agraciado al sistema financiero durante las últimas décadas. Es bien sencillo: nuestras cuentas corrientes son pasivos a muy corto plazo de los bancos (éstos se encuentren obligados a darnos en cualquier momento todos los euros que nos adeuden) que han sido invertidos en activos a largo plazo o de alto riesgo (en hipotecas, préstamos empresariales, deuda soberana, etc.). Debido a los bajos tipos de interés que abonan por los depósitos y a los altos tipos que cobran por los préstamos, se trata de una estrategia muy rentable para los bancos, pero también tan peligrosa como para llevarles a la suspensión de pagos inmediata: mal asunto invertir a 30 años el dinero que pueden tener que devolver en apenas unas horas.
¿Cómo es posible, entonces, que los bancos sean capaces  de perseverar en esta peligrosa táctica y de colocar al sistema de cobros y pagos de un país a los pies de los caballos de las hipotecas subprime o de los bonos basura griegos? Pues porque los Estados les montaron hace tiempo una ventanilla exclusiva donde podían refinanciarse siempre que lo desearan: esos monopolios públicos llamados bancos centrales que día a día les están inyectando “liquidez” a tipos artificialmente baratos. Y no, si los distintos Estados han bendecido con esta regalía a la banca no ha sido porque nuestros políticos sean títeres de las plutocracias financieras internacionales, sino por un simple do ut des: yo te protejo para que tú financies mis déficits de la manera más asequible posible.
No se trata, en suma, de que los rescates de la banca estén rapiñando los fondos que necesitan los Estados de Bienestar europeos; más bien, la mayoría de esos dispendiosos Estados de Bienestar sólo han podido financiarse hasta la fecha merced al crédito barato que les proporcionaba el sistema financiero (ya fuera comprando su deuda o disparando sus ingresos recalentando la actividad en el sector privado). Así, los principales interesados en conservar el actual modelo de banca, tapando todos sus agujeros y refinanciando todos sus pasivos, son unos Estados necesitados de que la orgía de deuda no termine. No quieren una banca más libre y más responsable que no medre sobre su estructural iliquidez, sino una banca atada y bien atada que siga haciendo exactamente lo mismo que hasta ahora pero teledirigida por nuestros gobernantes. Por eso, en lugar de suprimir sus distorsionadores privilegios, los mantienen a cambio de anunciar una mayor regulación que no ataca, ni mucho menos, los auténticos problemas de fondo.

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