Pobres e indignos

En un país con 6,2 millones de parados, cometió hace unos días el Banco de España la osadía de sugerir que, tal vez y de manera excepcional, debería permitirse la contratación por debajo del salario mínimo interprofesional. Muchos han sido los argumentos que se han dirigido en contra de una medida que, no lo olvidemos, sólo permitiría que se formalizaran relaciones laborales a cambio de, por ejemplo, 600 euros mensuales (pero no obligaría a ello); mas hay un argumento que, a mi juicio, sobresale sobre todos los demás por la insultante trampa populista que esconde: cobrar salarios de 600 euros mensuales es ‘indigno’.
Por supuesto, todos coincidimos en el deseo de que los salarios sean lo más elevados posibles para todas las personas. De hecho, mis países de referencia, aquellos a los que me gustaría que se acercara España en su arquitectura económica, son Suiza y Singapur, cuyos salarios medios oscilan entre los 4.000 y los 5.000 euros mensuales. Sin embargo, el desarrollo económico y la prosperidad no pueden imponerse por ley: Suiza y Singapur abonan salarios altísimos a sus trabajadores no porque sus legislaciones así lo dispongan, sino porque sus economías han acumulado muchísimo capital, se han vuelto superproductivos y, por tanto, se lo puede permitir. Intentar trasladar sus esquemas salariales a España no nos enriquecería en masa, sino que nos mandaría a todos al paro.
Un sistema económico no puede remunerar a sus trabajadores por encima de la riqueza que éstos son capaces de generar. Aquellas sociedades que producen mucha riqueza (Suiza o Singapur) pueden abonar salarios muy elevados a partir de esa ingente riqueza; pero, en contrapartida, las sociedades pobres no pueden abonar salarios muy elevados por idénticos motivos: porque no generan la riqueza con que pagarlos. Y aquí es donde se revela con mayor claridad el absurdo de criticar la rebaja del salario mínimo por ser “indigna”. ¿Es que acaso se está afirmando que los pobres, por el hecho de ser pobres, son ‘indignos’?
Si echamos un vistazo a los salarios mínimos de otros países europeos nos topamos con que el salario mínimo de Letonia es de 287 euros mensuales, el de Lituania de 289, el de Estonia de 320 y el de nuestra vecina Portugal de 565. ¿Son ‘indignos’ aquellos estonios, letonios, lituanos o lusos que aceptan remuneraciones por debajo de nuestro salario mínimo (752 euros mensuales)? Tal vez se diga que no, que la comparación no es justa porque el “coste de la vida” en cada uno de estos países también es distinto. Bueno, pues ajustemos los salarios mínimos a los respectivos poderes adquisitivos de cada economía: en dólares internacionales (unidad de cuenta que tiene en cuenta el poder adquisitivo de la divisa de cada país), el salario mínimo de Letonia sería de 482 dólares internacionales al mes, el de Estonia de 547, el de Lituania de 564, el de Portugal de 842 y el de España de 1.009. Dicho de otra manera, en cualquier caso nuestro salario mínimo duplica al de varios de países europeos y es un 20% superior al de Portugal.
Repito, pues, la pregunta: ¿son ‘indignos’ aquellos estonios, letonios, lituanos o lusos que aceptan remuneraciones por debajo de nuestro salario mínimo? No, simplemente son (por el momento) más pobres que nosotros y, en consecuencia, cobran menos que nosotros. Nada extraordinario: los españoles también somos más pobres que los suizos, los singapurenses, los alemanes, los franceses, los holandeses o los estadounidenses y, en consecuencia, cobramos menos que ellos como media. Economías pobres sólo pueden abonar salarios bajos; economías ricas pueden abonar salarios altos.
Así las cosas, nadie debería dudar de que España se ha empobrecido de una manera muy considerable desde 2007 (en realidad, nunca fuimos ricos, pero gracias al sobreendeudamiento nos permitíamos vivir como tales) y, en tal caso, los salarios –y los salarios mínimos– deberían adaptarse en paralelo. Oponerse a una reducción del salario mínimo en España no nos hace más dignos, sino más incapaces de adaptarnos al nuevo entorno económico; es exactamente lo mismo que no querer reconocer que la fiesta terminó hace seis años y que debemos dar dos pasos atrás para encontrar un nuevo y más sólido camino sobre el que seguir avanzando. Encallar en unas arenas movedizas y negarse a recular so argumento de que “a lo hecho, pecho” sólo nos convierte en unos suicidas inconscientes.
España sólo podrá salir de la crisis con mucho más ahorro y con mucha más libertad; y, dentro de ella, con mucha más libertad en el mercado laboral, incluyendo la libertad para pactar salarios sin límites máximos ni mínimos. Obcecarnos con mantener un Estado hipertrofiado e hiperregulatorio no es dignificante, sino liberticida y pauperizador. Asumamos la realidad y rectifiquemos lo antes posible. No hacerlo sí sería indigno.

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