Pobreza en Estados Unidos

Según los últimos datos oficiales, Estados Unidos tiene 46,2 millones de pobres: el 15% de toda su población. Malas cifras para un país que afirma ser la patria del liberalismo económico y que ha visto cómo su renta per cápita, en paridad de poder adquisitivo, se ha multiplicado por cuatro en las últimas tres décadas. Acaso, cabría pensar, hay algo que no funciona en su modelo económico.
Y, desde luego, en EEUU hay muchas cosas que no funcionan: no en vano, el peso del gasto público sobre el PIB se ubica en el 40%, muy lejos de aquel 5% que tanto contribuyó al desarrollo y a la grandeza de esta nación en el s. XIX. Pero, por mal que esté funcionando una sociedad cada vez menos libre, no hay necesidad de ofrecer una imagen tergiversada sobre la situación del que, a pesar de todo, sigue siendo uno de los territorios más prósperos del planeta.
De entrada, conviene tener presente que la cifra de 46,2 millones de pobres no se corresponde con estadounidenses sin hogar y al borde de la desnutrición. Aunque esa sea la imagen que la inmensa mayoría de nosotros tiene acerca de un pobre, no es la definición que el Gobierno estadounidense maneja cuando calcula su número.
En particular, un individuo es calificado de pobre si vive en un hogar unifamiliar que gana menos de 11.490 dólares al año; o en uno de dos miembros que obtiene menos de 15.510, o en uno de tres miembros que ingresa menos de 19.530 o en uno de cuatro miembros con rentas inferiores a 23.550. Ciertamente, no se trata de tramos de renta holgados, pero en España estamos peor: ya en 2009 (antes de que España comenzara a hundirse más en la miseria y EEUU a remontar el vuelo), la renta mediana en EEUU para el quintil de ciudadanos con menos ingresos superaba en un 12,5% a la española; una diferencia que se elevaba al 22% para el segundo quintil y en un 48% para el tercer quintil. Si en EEUU son pobres, ¿qué decir de los españoles?
Pues que si aplicáramos un rasero de pobreza parecido (aunque no idéntico) al empleado por el Gobierno estadounidense deberíamos concluir que en España, según los datos provisionales del INE, había en 2012 más de 12 millones de pobres, el 26,8% de la población.
Conviene, por consiguiente, contextualizar los datos de pobreza en EEUU. A eso se dedica, justamente, la Fundación Heritage en su informe Understanding Poverty in the United States: Surprising Facts About America’s Poor. El estudio acredita que las situaciones de extrema pobreza –malnutrición o personas sin hogar– son más bien raras avis: menos del 5% del total de la población afirma haber pasado hambre en algún momento durante el último año y sólo el 0,2% carecía de hogar permanente, de los cuales, el 40% (es decir, el 0,08% de la población total) vivía realmente en la calle, pues el otro 60% había sido recolocado temporalmente en barracones.
La mayoría de los 46,2 millones de “pobres”, pues, no encaja en el concepto coloquial de pobre. Al contrario, según el anterior informe que simplemente recopila datos oficiales, el 92,3% de los 46,2 millones de pobres contaba con microondas, el 81,6% con aire acondicionado, el 74,1% con un automóvil, el 64,5% con reproductor de DVD, el 63,7% con televisión por cable, el 50,2% con un ordenador personal, el 39,7% con lavavajillas, el 33,7% con una televisión plasma o LCD de gran pantalla y el 30,6% con un segundo vehículo. Más que de pobres, por tanto, cabría calificarlos de familias de clase media que durante el último año han padecido una apreciable merma en sus rentas, probablemente como consecuencia de la pérdida del empleo de uno o de varios de sus miembros.
Lejos de mi intención, pues, minimizar la situación de dificultad y ansiedad en la que pueden verse sometidas muchas de estas familias. Sin embargo, tampoco debemos presentar una imagen absolutamente distorsionada de su situación real. Cuando se habla de 46,2 millones de pobres en ningún caso deberíamos imaginar que las calles de Estados Unidos están infestadas por un ejército de menesterosos al borde de la inanición.
No es así, por mucho que al Gobierno le interese generar esa sensación de pánico, crisis y devastación que ha constituido, desde siempre, el caldo de cultivo óptimo para acrecentar su poder y sus tentáculos intervencionistas. La “guerra contra la pobreza” (al igual que la “guerra contra las drogas”, la “guerra contra el terror”, o la “guerra contra la delincuencia”) es el combustible que alimenta el crecimiento del Estado: y no porque al Estado le interese en lo más mínimo mejorar la situación de los pobres, sino porque le interesa que los ciudadanos estén dispuestos a cederle cada vez mayores porciones de su libertad apelando a nobles causas.
Pero, en verdad, la mejor manera de reducir la pobreza no es volviéndonos esclavos del Estado, sino a través de, por un lado, mayor libertad económica que permita extender y potenciar el proceso de creación de riqueza a todos los individuos, y, por otro, mayores redes sociales –que no estatales– de ayuda y asistencia mutua. En definitiva, la pobreza se combate con una sociedad más libre y cohesionada, no con una sociedad dependiente y subyugada por el dirigismo y la rapiña de una administración sobredimensionada. Por desgracia, EEUU –y no digamos ya Europa– se hallan cada vez más alejados de ese ideal.

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