¿Por qué no descentralizar los municipios?

Si algo han demostrado las últimas elecciones municipales y autonómicas es que las preferencias políticas de los españoles se hallan profundamente fragmentadas. Es verdad que algunos no apreciamos hondas diferencias entre los programas electorales de los principales partidos, pero a buen seguro que la mayoría de votantes sí lo hace.
Los del PP aborrecen estar gobernados por una alcaldesa podemita y los de Podemos juraban no poder soportar un minuto más ser regentados por algunas alcaldesas populares. Y, pese a ello, todos los ciudadanos parecen tener la obligación inexorable de vivir sometidos a un mismo gobierno local, como si los municipios fueran entidades naturalmente conformadas e irrevocables.
Sin embargo, existen alternativas que pocas veces son planteadas como factibles pero que, en realidad, serían absolutamente funcionales y promoverían de un mucho mejor modo la convivencia entre personas con visiones políticas irreconciliables. Me refiero, en concreto, a descentralizar la gestión municipal más allá de los ayuntamientos actualmente constituidos.
En concreto, es muy poco común que un alcalde salga elegido con mayoría en todos los distritos de una ciudad. Ni siquiera en los mejores comicios municipales a nivel nacional para el PP, los de 2011, Gallardón resultó electo en todos ellos: Puente de Vallecas se le resistió.
¿Cuál es el motivo por el que los vallecanos debían estar gobernados por Gallardón y Botella durante cuatro años cuando podrían haberlo sido por Lissavetzky, esto es, el candidato socialista que mayoritariamente escogieron ellos?
Al fin y al cabo, el distrito de Puente de Vallecas ronda los 250.000 habitantes y, por tanto, supera en población no sólo a la mayoría de capitales de provincia de España sino incluso a países como Aruba, Mónaco, Andorra o Liechtenstein. No existían motivos técnicos de escala para que Lissavetzky no encabezara un gobierno autónomo en Puente de Vallecas: el hecho de que el resto de distritos madrileños quisieran a Gallardón como alcalde no era argumento suficiente para que en Vallecas no pudiera existir un consistorio autonómico que aplicara las políticas socialistas del PSOE en lugar de las políticas socialistas del PP.
De hecho, ni siquiera el distrito tiene por qué ser la unidad de gestión municipal mínimamente viable: en 2011, por ejemplo, Gallardón obtuvo más respaldo que Lissavetzky en los barrios vallecanos de San Diego y Numancia (con una población conjunta superior a la de la mayoría de municipios de España). ¿Por qué, pues, no permitir el autogobierno municipal socialista a los barrios vallecanos de Entrevías, Palomeras Bajas, Palomeras Sudeste y Portazgo y el popular en San Diego y Numancia?
Más exagerado acaso es lo que ha sucedido en estas últimas elecciones municipales, donde se ha puesto de manifiesto la existencia de dos «Madrides»: todos los distritos de la mitad norte de la ciudad (Fuencarral-Pardo, Hortaleza, Barajas, Moncloa-Aravaca, Tetuán, Chamartín, Ciudad Lineal, Chamberí, Salamanca y Retiro) apoyaron mayoritariamente a Esperanza Aguirre como alcaldesa, mientras que todos los distritos de la mitad sur (San Blas, Moratalaz, Centro, Arganzuela, Puente de Vallecas, Villa de Vallecas, Vicálvaro, Latina, Carabanchel, Usera y Villaverde) lo hicieron por Carmena. ¿Por qué no permitir que cada conjunto de estos distritos (o de los barrios que los componen) sean gobernados por aquel partido que haya obtenido la mayoría de los votos (o por la alianza de partidos que la haya obtenido)?
No existen motivos razonables para que los habitantes de los distritos del sur de Madrid se impongan gubernamentalmente sobre los habitantes de los del Norte. Es más, lo lógico es que cada cual se responsabilice de sus propias elecciones: si Carmena es tan maravillosa y Aguirre tan nefasta (o viceversa), cada cual debería «disfrutar» a la alcaldesa escogida, y no «padecer» a la no escogida.
De hecho, a escala nacional el partido que más concejales ha logrado ha sido el Partido Popular: ¿acaso no sería absurdo que, en virtud de esos resultados nacionales, todos los consistorios de España tuvieran que estar gobernados por alcaldes populares? Pues claro que lo sería en tanto en cuanto nada impide descentralizar los gobiernos a nivel municipal: y, por las mismas razones, también es absurdo centralizar el gobierno municipal en Ayuntamientos de varios millones de habitantes cuando es del todo factible descentralizar la provisión de bienes colectivos locales a los distritos o a los barrios.
Técnicamente es posible; democráticamente es más ajustado a las preferencias de la población; y funcionalmente es más responsable en la medida en que cada cual asume las consecuencias de sus propias decisiones. Tal como explico en mi nuevo libro, Contra la renta básica: por qué la redistribución de la renta restringe nuestras libertades y nos empobrece a todos, la filosofía política del liberalismo predica la coexistencia entre personas con proyectos vitales muy heterogéneos.
Otras filosofías políticas, en cambio, predican que los proyectos vitales de las minorías sean subyugados a los proyectos vitales de las mayorías (y otras al revés). En el caso de Madrid, parece claro que hay visiones diferentes sobre qué candidaturas municipales son más adecuadas para regir los destinos de la ciudad y parece posible que coexistan distintos modelos de gestión municipal dentro de la misma ciudad. No reduzcamos centralistamente todas esas visiones a una sola: permitamos que todas ellas convivan tanto como sea posible. Un primer paso sería el de descentralizar al máximo el gobierno municipal.

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