Preparando la salida de Grecia

El euro fue, y es, una gran idea. Una magnífica idea. Sobre todo cuando se lo compara con su alternativa: una red de divisas nacionales que la camarilla política de turno sería capaz de devaluar a su antojo para financiar todos sus múltiples despilfarros. Sin el euro, los políticos no nos subirían directamente los impuestos, pero sí lo harían, y con todavía más saña que ahora, por la puerta de atrás: al controlar la política monetaria, imprimirían sin cesar pesetas, liras o dracmas con las que sufragar sus déficits, trasladándonos a todos los ciudadanos su gigantesco coste vía inflación.
El euro no genera problemas, sólo los pone de manifiesto. Si tenemos dificultades para refinanciar nuestra deuda no es porque exista el euro, sino porque ningún ahorrador privado se fía de nosotros lo suficiente como para extendernos crédito. Estar fuera del euro no cambiaría los problemas de fondo, tan sólo facilitaría que los políticos pudieran obligarnos a todos a comprar su deuda basura depreciando la divisa que empleamos.
Obviamente, para que nuestros políticos puedan formar parte de un club tan selecto –un club en el que no pueden atracar a sus ciudadanos salvo subiéndoles los impuestos con luces y taquígrafos– es necesario que modifiquen copernicanamente sus muy malas costumbres: que cuadren sus presupuestos para evitar suspender pagos, que dejen de subsidiar la economía privada y que, en cambio, pasen a desregularla para que comience a generar riqueza. Un sacrificio que se está comprobando excesivo para la casta política española y que, evidentemente, ha desbordado por entero a la manirrota, irresponsable, cortoplacista y socialista kakistocracia griega.
El resultado de las recientes elecciones fue lo suficientemente significativo como para darnos cuenta de que la sociedad helena ha sido narcotizada durante demasiado tiempo por un megaEstado niñera que se había venido financiado con cargo a un crédito artificialmente barato que, por fortuna, ya ha concluido en todo el mundo. Ahora toca desenganchar a los ciudadanos griegos de su adicción a la droga del despilfarro vía deuda, pero al parecer su síndrome de abstinencia está siendo tal que han optado por alzar con una abundante representación política a lo peorcito de cualquier sociedad: la extrema izquierda comunista y la extrema izquierda neonazi. Los comunistas de Syriza y del KKE y los nazis de Amanecer Dorado copan un tercio de todo el Parlamento, lo que imposibilita la adopción de cualquier agenda política sensata y lo que convierte al país en un entorno institucional muy poco atractivo para la inversión nacional y extranjera.
Así las cosas, es normal que se plantee como un escenario muy verosímil el que Grecia acabe saliendo del euro. Desde hace dos años, el Gobierno del país sólo ha sido capaz de financiar sus colosales déficits públicos –resultado del nulo interés de sus dirigentes por atajar el gasto– gracias a los planes de rescate de la troika, es decir, gracias a los préstamos blandos que el BCE, el FMI y la Comisión Europea le seguían ofertando después de que todos los inversores privados dejaran de hacerlo. A cambio de tales prebendas –que convertían a todos los contribuyentes europeos en partícipes forzosos de un hedge fund de alto riesgo que invertía en deuda basura helena–, los políticos griegos se comprometieron a adoptar una serie de reformas (algunas disparatadas) para garantizar que, a largo plazo, terminarían devolviendo el dinero que se les prestaba.
Pero claro, si con el Pasok y Nueva Democracia en el poder (dos partidos que se habían cansado de prometer unas medidas cuya implementación sólo sabían postergar) ya resultaba altamente improbable que esa agenda de reformas se materializara, con comunistas y neonazis semejante objetivo parece del todo imposible. Y sin reformas, no hay dinero, sin dinero Grecia está abocada a suspender pagos y suspendiendo pagos la tentación política para salir del euro resulta demasiado irresistible.
Ante esta eventualidad, que acarrearía una depreciación del dracma que podría alcanzar el 80% y que por tanto saquearía el patrimonio de los ahorradores helenos, España debería estar preparándose con inteligencia. Nuestro Gobierno insiste en que ha adoptado todas las reformas necesarias para que nuestra deuda vuelva a ser creíble, pero aquellos que tienen que confiar en ella no lo hacen, señal de que ni los planes de ajuste presupuestario, ni de saneamiento financiero, ni de reformas estructurales son todo lo serias y contundentes como nuestra crítica situación necesita.
Es urgente que España se desmarque de Grecia, esto es, que los inversores no nos metan en idéntico saco de países quebrados y candidatos a abandonar el euro. En caso contrario, el alud financiero que se desatará con la bancarrota Grecia terminará por sepultarnos.

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