Primero las libertades, después la democracia

Almudena Negro se suma al debate sobre el significado, los límites y los defectos de la democracia. Bienvenida. Dado que su artículo se estructura mediante críticas bastante específicas a mi primer texto, voy a proceder a responderle a cada uno de esos puntos.
Democracia es separación de poderes y representatividad
La tesis central del artículo de Almudena Negro es que la democracia se caracteriza por dos elementos: separación de poderes y representatividad.
El problema de este argumento es que el término democracia es un concepto esencialmente controvertido. Definiciones de democracia las hay muchas y conviene que nos pongamos de acuerdo en alguna de ellas para poder seguir dialogando, pero lo que no tiene mucho sentido es que la crítica de una parte a la otra se base en no haber escogido el significado de democracia que ella más le gusta. Por mi parte, no digo que la definición de Almudena Negro no sea legítima y operativa, pero voy a exponer por qué sigo prefiriendo la mía: la definición de Almudena ni es la más amplia posible ni tampoco está exenta de contradicciones.
Por ejemplo, hay sistemas donde no existe tal separación de poderes ni representatividad que son indudablemente democráticos (por ejemplo, la democracia directa donde son los ciudadanos quienes toman directamente las decisiones sin representantes interpuestos; o la democracia ateniense donde los cargos eran seleccionados por sorteo) y hay sistemas donde sí existe tal separación de poderes y representatividad pero que difícilmente tildaríamos de democráticos (por ejemplo, las monarquías cuasi-absolutas de Lichtenstein o Mónaco). Otros autores añadirían a los requisitos anteriores al menos la isonomía, es decir, la igualdad de derechos civiles y políticos de los ciudadanos, pero nuevamente podemos tener separación de poderes, representatividad e isonomía sin democracia: por ejemplo, un sistema político donde el gobierno local lo integraran los presidentes de las distintas comunidades de vecinos en representación de los vecinos podría cumplir los tres requisitos y probablemente no lo calificaríamos de democrático (aunque podría asemejarse bastante a la democracia orgánica).
Para evitar los problemas derivados de definiciones parciales, a mi entender deberíamos definir democracia en los términos más generales y menos facciosos posibles: democracia simplemente significa que quien gobierna es el “pueblo” y el pueblo puede gobernar de muchas maneras distintas (democracia representativa, democracia directa, democracia deliberativa…). Como ya expliqué en un artículo anterior, no existe un mecanismo único, óptimo y objetivo para transformar las preferencias desagregadas de cada uno de los ciudadanos que integran “el pueblo” en una preferencia orgánica y holista de ese “pueblo” (esa es la principal conclusión del teorema de la imposibilidad de Arrow que, de momento, nadie se ha dignado en refutar y acaso tampoco en entender) y, por tanto, toda regla de agregación de voluntades es arbitraria. O dicho de otra forma, cualquier sistema político que reconozca la soberanía del pueblo y que busque someter la actuación del Estado a la voluntad orgánica de ese pueblo merece ser tildado de democrático.
Otra cosa es que, partiendo de esa definición amplia, la democracia pierda parte de su encanto y, en tal caso, debamos comenzar a adjetivarla para volver a sentirnos atraídos por ella. El fetiche ya deja de ser la democracia como tal y pasa a serlo la “democracia representativa”, la “democracia liberal”, “la democracia constitucional” o para otros “la democracia popular”. Pero blindar frente a las críticas a la democracia que a nosotros nos gusta por la vía de restringir el término “democracia” a la-democracia-que-a-mí-me-gusta es hacer trampas desde el comienzo: preconfiguro el término según mis preferencias (descarto ex definitione todos aquellos rasgos de la democracia que podrían ser criticables y añado ex definitione todos aquellos rasgos que resultan positivos) y así deviene un sistema angelical y sin aristas.
De hecho, fijémonos que ni siquiera Almudena es capaz de evitar los problemas que acarrea su definición a medida de democracia. Después de haber definido democracia según el doble criterio de separación de poderes y representatividad, no duda en calificar de “democracia totalitaria” a la democracia deliberativa. Pero la “democracia deliberativa” prescinde de la representatividad: ¿cómo puede, por tanto, la democracia ser representativa y no representativa a la vez? ¿O es que la democracia deliberativa no es democracia a pesar de que aspira a que gobierne el pueblo? ¿Acaso un sistema representativo y con separación de poderes puede ser totalitario?
De la democracia al democratismo
Después de definir democracia a su medida, Almudena me acusa de confundir democracia con democratismo. Supongo que de eso se trataba: en lugar de sentenciar que mi definición de democracia (mucho más general) no coincide con la suya, se opta por decir que estoy confundido. Imaginen que yo defino democracia como “pulpo” y democratismo como “representatividad y separación de poderes”. Nada más fácil que acusar a Almudena de confundir democracia con democratismo cuando sostiene que democracia es representatividad y separación de poderes: quien crea las definiciones, imputa las confusiones.
Pero más allá de esta argucia, analicemos qué distinción conceptual quiere efectuar Almudena: básicamente, que una cosa es que el Estado se gobierne mediante un sistema democrático (en su acepción: representatividad y separación de poderes) y otra que el Estado democrático controle áreas crecientes de nuestras vidas. En sus propias palabras: “La democracia, la política, no debe abarcar todos los aspectos de la vida del hombre, puesto que no es más que la forma en que el poder se relaciona con las personas. No es lo mismo la política que la politización”. Pero, ¿por qué la democracia no debe abarcar todos los aspectos de la vida del hombre? ¿Mediante qué procedimiento determinamos qué aspectos deben ser decididos democráticamente y cuáles no? ¿Mediante un procedimiento democrático o mediante uno no democrático? Si lo determinamos mediante uno democrático, es obvio que la democracia puede potencialmente abarcar todos los aspectos de la vida humana: la mayoría no se halla constreñida por nada, ni siquiera por las libertades individuales. Si, en cambio, lo determinamos mediante un procedimiento no democrático… ¿acaso no estamos reconociendo algunos de los problemas de la democracia que yo mismo he denunciado en mis artículos previos?
Por ser más explícito: mi argumento se resume en afirmar que la democracia debe hallarse subordinada al liberalismo, esto es, al respeto a las libertades personales. Y cuáles sean esas libertades personales no se determina mediante un procedimiento a su vez democrático, sino planteándonos cuáles son los presupuestos mínimos indispensables para respetar la autonomía individual al tiempo que se sientan las bases para la resolución de conflictos que puedan emerger entre las diversas personas (a desarrollar este punto dedico el capítulo 2 de mi último libro).
Como ya hemos indicado, Almudena define de tal manera la democracia que, en parte, ese respeto a las libertades individuales ya queda incluido en su significado de democracia (“la democracia no es democratismo”). Pero eso, como digo, es un giro argumental para no tener que reconocer lo obvio: que la única democracia buena (entendiendo democracia como yo lo hacía: en su acepción más amplia posible) es la que está subordinada al régimen de libertades propio del liberalismo. Es decir, la única democracia buena es la democracia liberal. Y frente a la democracia liberal existen otros tipos de democracias que siguen siendo democracias pero que, al no ser liberales, merecen la mayor de las críticas posibles.
Eso sí, quiero ser muy explícito en este punto: democracia liberal implica que el individuo se adscribe voluntariamente al grupo que ulteriormente toma decisiones de manera democrática. La soberanía no es nacional: la soberanía es individual. Los derechos son de las personas, no de los pueblos. La legitimidad, por tanto, surge bottom-up, no top-down. En consecuencia, una democracia liberal que no haya surgido por la libre asociación de las partes o que, no habiendo surgido de ese modo, impida la libre desasociación de las partes, no es una democracia liberal por mucho que vaya acompañada de representatividad, separación de poderes e isonomía. Una de las libertades personales más esenciales es la libertad de asociación y desasociación: y la democracia no tiene legitimidad para conculcarla (y si lo hace, no estaremos ante una democracia liberal: podrá ser una democracia más o menos respetuosa con las libertades, pero no estructuralmente respetuosa con ellas).
Otras cuestiones adyacentes
Del artículo de Almudena se desprenden otros errores menores a los que no querría dejar de referirme:

  1. Según Almudena: “Comienza el profesor Rallo su intervención alabando a Podemos, de quien sostiene erróneamente que la idea que ha caracterizado a dicha formación es la de “redemocratizar las instituciones políticas españolas”. Yo no alabo a Podemos: simplemente constato que su discurso ideológico se ha articulado desde sus inicios en torno a la idea de redemocratizar las instituciones. Que nos los creamos o no, es otro asunto, pero lo que no puede negarse es que han hecho bandera de ello y que buena parte de sus votantes así lo perciben. Difícilmente puedo alabar a Podemos cuando mi objetivo no es que esas instituciones sigan monopolizadas por el Estado pero con una forma algo más democrática, sino que regresen a la sociedad.
  2. Almudena se refiere en varias ocasiones a que yo contrapongo democracia con anarcocapitalismo. No hago tal cosa: contrapongo democracia con liberalismo. Y lo hago para defender la primacía de las libertades individuales sobre la voluntad colectiva, por mucho que ésta se descubra mediante procedimientos democráticos.
  3. Admite Almudena que la democracia tiene problemas importantes (de información, incentivos, sesgos y agregabilidad de preferencias), pero me reprocha que el mercado libre también los tiene. En este punto, me voy a remitir simplemente a la respuesta que ya le di al respecto a María Blanco: “que todos los sistemas tengan tales problemas no equivale a decir que todos los tienen en el mismo grado: en efecto, el ser humano no es perfecto y por tanto ninguna organización que pueda crear será perfecta, pero eso no significa que todas sean igual de imperfectas (…) Y es verdad que la ignorancia racional del votante también le es aplicable al consumidor (junto con muchos otros sesgos de irracionalidad), pero con una esencial diferencia: los errores derivados de la ignorancia del consumidor repercuten sobre el consumidor, mientras que los errores derivados de la ignorancia del votante son externalizados al resto de la sociedad. Cuando el agente es responsable de sus decisiones desinformadas, existen incentivos bien alineados para alcanzar un nivel óptimo de desinformación: cuando el agente no es responsable de sus decisiones desinformadas, existen incentivos desalineados para alcanzar un nivel subóptimo de desinformación. Eso es, justamente, lo que supone estudiar los incentivos de cada uno de los marcos políticos posibles.

En definitiva: si, según concluye Almudena Negro, el mejor argumento a favor de la democracia es la relectura de uno de mis artículo donde expongo a las claras los problemas de legitimidad y de coordinación básicos de toda democracia que todavía ninguno de mis críticos ha mostrado falsos, entonces es que la defensa de la democracia ya ha degenerado entre muchos a una mera disonancia cognitiva.

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