Prólogo del libro "Por qué otros se hacen cada vez más ricos a su costa"

Este libro no debería haberse titulado Por qué otros se hacen cada vez más ricos a su costa, sino, según confesión de los propios autores, Introducción a la teoría del dinero de la escuela austríaca. Claro que, de haber optado por esta segunda alternativa, probablemente el número de lectores habría sido sustancialmente menor: el imaginario popular sigue asociando la ciencia económica a algún tipo de materia oscura, aburrida y elitista; un saber al que más conviene no acercarse salvo para conciliar el sueño.
Y, sin embargo, durante los últimos años hemos experimentado una súbita explosión del interés por los asuntos económicos: qué ha causado la crisis, cómo podemos salir de ella, cuáles son los efectos de la austeridad, por qué se están incrementando las desigualdades, cuál es el futuro del capitalismo, etc. Son muchas las personas que se plantean preguntas económicas pero pocos los interesados en acudir a los economistas para hallar respuesta. Por eso muchos de esos ignorados economistas se han visto empujados a camuflar el contenido de sus libros con ropajes más atractivos: no para darle gato por liebre al lector, sino para darle liebre a aquellos que desean liebre y que, en otro caso, pensarían estar comprando gato.
Así, lo que el lector encontrará en esta obra es una contestación a la cuestión que se plantea en su mismo título —porque una élite extractiva se enriquece a costa de buena parte de la población— desde el enfoque monetario de dos economistas adscritos a la llamada Escuela Austriaca de Economía, Andreas Marquart y Philipp Bagus. El primero es el director ejecutivo del Instituto Ludwig von Mises Alemania, think tank especializado en la divulgación y el desarrollo dentro del área germánica del pensamiento de Mises, el más importante economista con el que ha contado la Escuela Austriaca. El segundo, mucho más conocido en nuestro país acaso por hallarse afincado en él desde hace más de una década, es uno de los principales y más destacados discípulos intelectuales del que muchos consideran el mayor representante de la Escuela Austriaca en el mundo hispano: Jesús Huerta de Soto.
El doctor Bagus es, además, un muy prolífico autor en cuestiones monetarias: a su corta edad, ya ha publicado decenas de artículos sobre el tema en revistas académicas así como cinco libros, entre los que sobresalen In Defense of Deflation —una reivindicación de las bondades de la deflación como proceso natural de los mercados libres—, Deep Freeze —una narración de la crisis islandesa desde la perspectiva de la Escuela Austriaca— y, sobre todo, La tragedia del euro —una feroz crítica política, histórica y económica a ese proyecto de ingeniería estatal consistente en crear una moneda fiat común para Europa—.
Con este bagaje a sus espaldas, ambos economistas exponen del modo más divulgativo posible su hipótesis sobre por qué la expansiva desigualdad que están experimentando muchas sociedades cabe atribuírsela a la desastrosa gestión monetaria que han venido desarrollando todos los Estados del planeta durante las últimas décadas. Más en concreto: la destrucción del patrón oro en todas las economías mundiales ha permitido que los Estados incentiven, a través de sus bancos centrales, el proceso de expansión del crédito por parte de un sistema bancario que practica la reserva fraccionaria; esa multiplicación abaratada del crédito provoca dos efectos adversos, la inflación y el ciclo económico, que dañan especialmente a los ciudadanos más humildes: la inflación erosiona los salarios reales de los trabajadores y los pequeños patrimonios de los ahorradores, mientras que las crisis económicas se ceban con los tramos más débiles de la sociedad
La tesis de Marquart y Bagus es provocadora, impactante y polémica: una de las principales causas del incremento de la pobreza y de la desigualdad en Occidente es el inflacionismo monetario promovido por el monopolio estatal sobre la moneda. Por tanto, si el dinero regresara a las manos de la sociedad civil, del libre mercado, la desigualdad comenzaría a decrecer o, al menos, dejaría de incrementarse por este motivo. Acaso muchos recelen de conclusiones tan tajantes, pero al menos algunas partes de su argumento sí deberían suponer escasa controversia. En concreto, las siguientes:
Primero, es evidente que el dinero puede emerger evolutivamente desde el mercado, sin necesidad de que lo imponga o lo regule el Estado. Segundo, es asimismo evidente que la inflación no es neutral, sino que tiene efectos redistributivos: aquellos con capacidad de anticipar la inflación y de ajustar su comportamiento y sus rentas a la misma podrán protegerse de ella, mientras que aquellos que no la anticipen o no puedan alterar su comportamiento y sus rentas, terminarán convirtiéndose en sus víctimas (por ejemplo, aquellos inversores en renta fija o aquellos trabajadores sin salarios indexados que se vean sorpresivamente asaltados por un alza de precios); tercero, la inflación recompensa las pautas de comportamiento cortoplacistas (prodigalidad y endeudamiento) frente a las largoplacistas (frugalidad y capitalización vía ahorro interno); cuarto, el Estado tiene incentivos a engañar a su ciudadanía con inflación tanto para minorar el saldo real de sus deudas cuanto para financiar parte de sus gastos con la impresión de nueva moneda; quinto, la respuesta del Estado a una gestión desaguisada de su moneda no puede ser incrementar su intervención sobre la economía (controles de precios, impuestos sobre plusvalías, restricción de los cambios exteriores, etc.), pues ello terminaría conduciendo a un control cuasi absoluto sobre la economía y el socialismo —entendido como la total planificación centralizada de las relaciones económicas por parte del Estado— no puede funcionar; sexto, una mala administración de la moneda por parte del Estado puede generar, o al menos acentuar, el ciclo económico; y séptimo, en algunas economías occidentales, la mala gestión de la moneda sí es la principal responsable del aumento de las desigualdades de las últimas dos décadas.
A este último respecto, tomemos como referencia el caso de España. En nuestro país, el aumento de la pobreza y de la desigualdad está completamente ligado a la crisis: según la OCDE, el 80% del crecimiento de la desigualdad desde 2007 se explica por el incremento del paro; a su vez, la pobreza se concentra entre los desempleados: mientras que la tasa de riesgo de pobreza entre los trabajadores con contrato indefinido apenas ascendía en 2014 al 6% (y no ha aumentado durante la crisis), entre los parados totaliza el 47%. Por ende, si la política monetaria del Banco Central Europeo ha tenido mucha influencia en la gestación de la crisis —tal como aseguran los autores y muchos otros economistas austriacos—, esa política monetaria habrá sido decisiva a la hora de generar la desigualdad y la pobreza actual; y aun en el caso de que esa influencia haya sido secundaria —tal como aseguran otros economistas—, será necesario reconocer que la mala administración estatal de la moneda fiat explica como poco una parte notable de esos dos problemas.
Como decía, pues, todos estos argumentos deberían resultar escasamente controvertidos para el economista y lector medio razonables. Otras partes del libro, en cambio, sí serán bastante más polémicas —incluso dentro de la propia Escuela Austriaca— y, como en todo avance de la ciencia, deberán ser objeto de una debate académico más extenso en el futuro. En concreto, las siguientes:
Primero, no todos los economistas coinciden en que cualquier reserva fraccionaria sea fraudulenta o contribuya a general el ciclo económico: el negocio bancario puede fundamentarse sobre la emisión de deudas a corto plazo que no consistan en depósitos de guarda y custodia, por lo que en tales casos no habría obligación alguna de mantener un 100% de reservas contra las mismas. Segundo, tampoco existe consenso en que, como afirman los autores, cualquier cantidad de dinero sea óptima para una economía: toda economía se enfrenta a fluctuaciones —cíclicas o súbitas— de la demanda monetaria que, en tanto no vayan acompañadas por una muy elevada flexibilidad en el sistema de precios, generará problemas de coordinación entre los agentes. Tercero, no todo papel moneda tiene por qué ser nocivo o, al menos, no todo igual de nocivo (no es lo mismo el bolívar venezolano que el franco suizo): ¿podría un Estado gestionar una moneda fiat convirtiéndola en un proxy del patrón oro (al igual que el sector privado parece estar impulsando Bitcoin como alternativa al mismo)? Y, por último, tampoco está claro que siempre y en todo lugar el efecto neto del inflacionismo sea un aumento de la desigualdad económica.
A este último respecto, tomemos de nuevo a España como ejemplo. El inflacionismo monetario de finales de los 70 y de comienzos de los 80 incentivó enormemente la adquisición de viviendas por parte de las familias españolas: la única forma medianamente segura de proteger sus ahorros frente a la inflación era invirtiendo en el ladrillo; además, dado que la inflación devoraba el principal de la deuda, constituía un magnífico chollo hipotecarse a pesar de los elevados tipos de interés nominales. O dicho de otra forma, la fortísima inflación entre los bienes de consumo empujó a los españoles a convertirse en propietarios de vivienda, hasta el punto de que hoy más del 80% de las familias residen en una vivienda de su propiedad. A su vez, la inflación de activos desde finales de los 80 hasta 2007 hizo que el precio de esas viviendas se disparara, de modo que el incremento de la riqueza agregada en España se distribuyó entre la mayoría de familias en lugar de concentrarse en unas pocas: y, gracias a ello, la desigualdad en la distribución de la riqueza de nuestro país ha descendido ligeramente durante las últimas tres décadas, hasta convertir a España en una de las sociedades occidentales con una menor desigualdad patrimonial.
En todo caso, incluso en aquellas partes del libro donde pueda albergarse alguna discrepancia razonable, el lector encontrará una argumentación sólida, rigurosa y, sobre todo, poca veces narrada en los grandes medios de comunicación. A la postre, durante las crisis deflacionarias como la que venimos padeciendo desde 2008, toda la sociedad parece alinearse en la demanda de nuevos y mayores estímulos crediticios que licuen el endeudamiento heredado y revivifiquen el gasto, la actividad y el precio de los activos. El presente libro le ayudará a entender cómo, en numerosas ocasiones, esas demandas terminan yendo en detrimento de muchos de los que las promueven. El primer paso para detener un robo encubierto es descubrirlo: y esta introducción a la teoría del dinero de la escuela austríaca contribuirá a descubrirle por qué otros —el Estado y quienes pastorean a su alrededor— se hacen cada vez más ricos a su costa.
 
Por qué otros se hacen cada vez más ricos a su costa, Philipp Bagus y Andreas Marquart, Deusto (2016).

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