¿Puede ser cualquier cosa un buen dinero?

Ya sabemos cuáles son las ventajas que nos proporciona la existencia del dinero: medio de cambio generalmente aceptado, depósito de valor y unidad de cuenta. Si a eso debe dedicarse el dinero, parece claro que el buen dinero será aquella mercancía que mejores aptitudes posea para desarrollar esas funciones. Por ejemplo, la fruta no sería un buen depósito de valor porque se pudre; las viviendas serían un mal medio de cambio porque no pueden desplazarse (aunque probablemente el Carl Fredricksen de Up opine algo distinto); y las obras de arte serían una mala unidad de cuenta debido a la enorme heterogeneidad de su valor.
Parece claro, pues, que para que el dinero sea un bien dinero –para que desarrolle de manera adecuada sus funciones–deberá reunir ciertas cualidades. No vale cualquier cosa: del mismo modo que la cicuta no constituye un alimento recomendable para gozar de buena salud, no todos los bienes económicos pueden desarrollar adecuadamente las funciones del dinero. De ahí que, dejados en libertad, lo habitual será que los individuos tiendan a seleccionar como dinero aquellos bienes que reúnan una serie de cualidades físicas y económicas.
Físicamente, el dinero debe ser fácil y barato de transportar, almacenar y transformar. Si no puede transportarse con sencillez, no será un buen medio de cambio; si no puede atesorarse de manera asequible, no será un buen depósito de valor; y si no puede transformarse sin dificultades, no podrán crearse piezas monetarias que sean homogéneas y no podrá actuar como unidad de cuenta.
Económicamente, los individuos necesitan un dinero cuyo valor sea estable: debe poder intercambiarse en grandes cantidades sin depreciarse (pues en caso contrario sería un mal medio de cambio) y debe poder almacenarse sin perder valor con el paso del tiempo (pues en caso contrario sería un mal depósito de valor y una mala unidad de cuenta). En otras palabras, los individuos elegirán como dinero aquellos bienes económicos con una demanda final muy amplia (un bien del que todo el mundo quiera disfrutar en abundancia) y con una oferta muy rígida (un bien que no pueda producirse en grandes cantidades por muy elevado que sea su precio y que tampoco pueda falsificarse).
Así, por ejemplo, los libros de sánscrito serían muy mal medio de cambio, ya que si quisiéramos intercambiar muchos de ellos por otros bienes o servicios, deberíamos rebajar de manera notable su precio unitario (la demanda de los libros de sánscrito es muy baja porque satisface fines muy pocos valiosos de mucha gente, con lo que a poco que aumenta su oferta, su precio se desmorona); asimismo, los automóviles o los ordenadores personales serían muy mal depósito y muy mala unidad de cuenta, no sólo porque se deterioran y quedan obsoletos con el paso de los años, sino porque pueden fabricarse muchos más de ellos con rapidez, erosionando su valor.
Históricamente, el bien económico que mejor que ha reunido todas estas cualidades, y que ha sido elevado espontáneamente a la categoría de dinero universal, ha sido el oro: tiene una amplia demanda ornamental en casi todas las culturas, épocas y lugares, su oferta es muy inelástica en relación con su stock (cada año sólo sus disponibilidades sólo se incrementan un 1,5% y es muy díficil de falsificar), es el metal más dúctil y maleable que existe, es muy resistente a los agentes externos (ni siquiera el ácido sulfúrico lo daña), y posee un alto valor unitario, lo que rebaja enormemente los costes de almacenamiento y transporte.
Una vez generalizado su uso, los comerciantes y los bancos comenzaron a emitir sus propios medios de pago –letras de cambio, billetes o depósitos a la vista–, que en realidad no eran otra cosa que promesas a entregar oro: es decir, el dinero no eran los billetes de banco –ni siquiera los billetes de los bancos centrales– sino el oro en el que eran pagaderos esos billetes. En esencia, porque un billete (no digamos ya una anotación contable en forma de cuenta corriente) no es más que un trozo de papel que por sí mismo es incapaz de mantener estable su valor, sobre todo a lo largo del tiempo (su demanda final es muy poco intensa y su oferta puede incrementarse asintóticamente).
En la actualidad, manejamos un engendro monetario llamado «dinero fiduciario», que ni es un trozo de papel sin más ni tampoco un billete de banco convertible en oro. En otro momento profundizaremos en su naturaleza, pero por ahora fijémonos en que cumple de manera extremadamente deficiente la función de depósito de valor, lo que explica que sólo haya logrado circular merced a su imposición por parte del Gobierno a través de todo tipo de tretas (leyes de curso forzoso, restricción de la competencia, desestabilización del valor del oro…).
No es casualidad: a los Estados, a los bancos y a los empresarios ineficientes les interesa que los individuos no puedan decidir no consumir y no invertir (a saber, que no puedan escaparse de sus garras). Nos han impuesto un mal dinero a sabiendas de que era un mal dinero y de que, por consiguiente, distorsionaba la coordinación intertemporal de los agentes. La misma descoordinación intertemporal que se encuentra en la raíz de la presente crisis.

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