Quantitative Easing: ¿héroe o villano?

El siguiente artículo fue publicado en el número 2 (abril 2013) de la revista Forbes España 
Estados Unidos, paradigma de los estímulos fiscales y monetarios; la Eurozona, paradigma de las restricciones fiscales y monetarias. Uno, creciendo, reduciendo el desempleo y con la bolsa en máximos históricos; la otra, estancada en la recesión, destruyendo empleo y con la bolsa en niveles mediocres. Conclusión aparente: en medio de una recesión, sólo cabe promover el sobreendeudamiento “estimulante” del Estado a través de la monetización de deuda pública por parte de los bancos centrales.
Empero, si todo fuera cuestión de que el Gobierno se endeudara a mansalva, Japón estaría hoy a la vanguardia del crecimiento mundial cuando, en cambio, es el paradigma del estancamiento secular: desde 1992, su deuda pública se ha incrementado un 220% para lograr el exultante resultado de que su PIB nominal decrezca un 2,2%.
Salvo aquellos que hayan caído en las garras de la antieconomía keynesiana, todo el mundo entiende que la deuda pública no genera riqueza por sí sola. Sólo cuando tales pasivos son invertidos en proyectos con una tasa de retorno superior a su coste financiero, cabrá concluir que han contribuido a capitalizar a la sociedad y a incrementar su potencial de crecimiento; en otro caso, nos habrán empobrecido.
De ahí que no hayan sido los deficitarios megadespilfarros de Obama los que han impulsado un progresivo reajuste del sector privado estadounidense, sino otros factores mucho más relevantes como el extremo abaratamiento de sus costes energéticos, su envidiable flexibilidad laboral, el avanzado saneamiento financiero de sus familias y empresas, el rapidísimo reajuste del mercado inmobiliario o el continuo aumento de la demanda internacional de sus mercancías. Tampoco han sido, por consiguiente, los Quantitative Easing (QE) de Bernanke –sus billonarias compras de deuda pública– las salvadoras del país: como mucho, éstas habrán acicateado todavía más la prodigalidad obamita vía rebajas artificiales de los tipos de interés, promoviendo con ello la niponización nacional. Mas, a mi entender, ni siquiera se les puede acusar de eso ahora mismo.
Lo que en la actualidad mantiene hundidos los tipos de interés de EEUU no es la Fed, sino la fortísima demanda internacional de sus activos como refugio frente a la enorme incertidumbre económica. No en vano, desde hace año y medio, la deuda estadounidense indexada a la inflación abona tipos negativos y el propio Japón ya fue capaz de atar su coste financiero por debajo del 2% sin flexibilizaciones cuantitativas.
Los estropicios de la temeraria política monetaria de Bernanke llegarán, sí, pero el futuro: cuando el sector privado estadounidense vuelva a querer endeudarse con vigor y los bancos sean capaces de multiplicar su oferta crediticia merced a las milmillonarias reservas que les ha regalado la Fed. Pero, por el momento, los QE, a diferencia de la gentil barra libre de Draghi en la Eurozona, no han distorsionado la economía precisamente porque no han funcionado: ni están estimulando el endeudamiento privado ni abaratando el público. Paradójicamente, comenzarán a funcionar –y a provocar distorsiones inflacionistas– justo cuando ya no se los necesite, esto es, cuando la economía haya apuntalado verdaderamente su recuperación y los agentes quieran volver a endeudarse. En su heroico pecado, las flexibilizaciones cuantitativas impondrán su villana penitencia.

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