Rajoy salvó la burbuja estatal

Decía Ludwig von Mises que un gobierno no puede enriquecer a su población, pero sí puede empobrecerla. La prosperidad no es, como norma general, gracias a las actuaciones de un determinado gobierno, sino a pesar de las mismas; la pobreza, en cambio, sí es en muchas ocasiones consecuencia de que los gobiernos destruyan las bases de la cooperación social en un mercado libre. Rajoy, más versado en prensa deportiva, probablemente nunca leyera a Mises; o si lo leyó, no le persuadió; o si le persuadió, está aparentando todo lo contrario acaso porque en precampaña electoral lo que prevalece es la propaganda sobre la verdad.
Así, el discurso de Rajoy en el Debate sobre el Estado de la Nación fue una escenificación de la misma propaganda tramposa del PP con la que nos desayunaremos cada mañana durante los próximos meses hasta las próximas elecciones generales: esa falaz idea de que todo va bien gracias a la magnífica gestión del PP. Mas ni lo uno ni lo otro: ni los desequilibrios esenciales de la economía española se han corregido todavía ni, sobre todo, lo poco que hemos avanzado es debido a la gestión popular sino muy a su pesar.
Primero, es verdad que la economía española encadena dos años de crecimiento económico, pero al finalizar 2015 apenas habremos recuperado el nivel de actividad existente a finales de 2011… antes de que Rajoy llegara al poder. Con esto no quiero demasiado duro con la economía española: aunque el volumen de PIB será el mismo en 2015 que en 2011, la composición del PIB sí resultará mucho más saludable, sostenible y competitiva hoy que entonces. Ahora bien, y este es el punto crucial, lo anterior no puede soslayar que el desplome de la actividad que sufrimos en 2012 (y que se extendió a 2013) fue una sobrerreacción frente a un terrorífico escenario que no terminó materializándose: la quiebra de España. Lo que hemos vivido desde entonces tiene mucho de actividad e inversión que se ha reactivado porque se sobreparalizó en 2012.
Pero, pese a esta reactivación, sería cerrar los ojos ante la realidad si no apreciáramos en la economía española graves desequilibrios totalmente pendientes de solventar. Anoten sólo algunos de ellos: modelo productivo heredado de la burbuja que está lejos de haberse modificado (el desplome de la construcción desde 2008 no ha sido reemplazado por nada todavía); déficit exterior que, como consecuencia de nuestro inexistente cambio de modelo productivo, ha resurgido tan pronto como se ha reactivado mínimamente la demanda interna; deuda exterior del 100% del PIB que sigue aumentando debido a ese déficit exterior; dificultad creciente de recolocar a cinco millones de parados en ausencia de la emergencia de nuevas industrias competitivas; déficit público que aún supera el 5% del PIB con uno de los niveles impositivos más altos de nuestra historia y con un gasto público que todos los partidos quieren volver a incrementar; y deuda familiar y empresarial que, si bien ha descendido muy notablemente en los últimos años, no ha recuperado todavía unos niveles de sostenibilidad.
En definitiva, los deberes principales de la economía española — cambio de modelo productivo y desapalancamiento— siguen pendientes de hacer tras ocho años de crisis en los que deberíamos haber aprovechado justo para hacerlos. ¿Qué ha hecho, a este respecto, el gobierno de Mariano Rajoy para acelerarlos?
He aquí la segunda falsedad básica del discurso presidencial: que los avances que hemos experimentado en el último año se han debido a su acción de gobierno. No, los avances se han debido a los duros esfuerzos de familias y empresas españolas por salir adelante: por pagar sus deudas apretándose doblemente el cinturón para costear una expansiva factura tributaria y por buscar nuevos modelos de negocio en un entorno absolutamente hostil a la generación de valor.
Rajoy no ha alterado los vicios estructurales de nuestra economía y, en algunos casos, los ha agravado notablemente: Rajoy ha subido los impuestos de manera brutal a familias y empresas; Rajoy ha mantenido los esenciales privilegios oligopolísticos y gremialistas de la economía española; Rajoy apenas ha recortado el gasto público y sí ha multiplicado la emisión de deuda pública, lo que ha terminado hipotecando por varias décadas la salud financiera del Estado; Rajoy ha trasladado el agujero de las cajas a los hombros del sector privado en lugar de concentrarlo en sus acreedores; y Rajoy no ha liberalizado en absoluto el conjunto de los mercados de la economía —salvo acaso, parcialmente, el mercado laboral—, consolidando ese agreste entorno al desarrollo de la libre actividad empresarial en España. De hecho, Rajoy ni siquiera nos sacó de la quiebra en 2012: ese es un mérito (o demérito) que le corresponde en exclusiva a Mario Draghi al haber prometido mutualizar por la puerta de atrás toda la deuda pública europea.
¿Qué ha hecho entonces Rajoy para que se esté anotando las medallas de esta “recuperación”? Apenas algo bueno (partes de la reforma laboral y alguna otra iniciativa semiliberalizadora) y sí mucho malo: perseguir fiscal y regulatoriamente a los creadores de riqueza, disparar la deuda pública costeada por las familias y mantener las prebendas de los lobbies sobre el conjunto de la sociedad. ¿Cómo sugerir sin sonrojarse que todas estas pauperizadoras medidas han contribuido a impulsar la recuperación? No: más bien, han permitido salvaguardar a un extractivo y burbujístico Estado español a costa de obstaculizar la recuperación del sector privado.
Y es que Rajoy no vino a socavar el régimen antiliberal que nos condujo a la burbuja y posteriormente a la prequiebra: más bien vino a rescatarlo en unos momentos de acuciante zozobra financiera. Rajoy salvó al Estado, no a la economía. De hecho, salvó al Estado a costa de emponzoñar la economía.

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