Respuesta a Joaquín Leguina

Me critica Joaquín Leguina en la primera parte de su artículo en la revista El Siglo a cuenta de algunas de las propuestas de mi último libro Una alternativa liberal para salir de la crisis. En realidad, el artículo está lleno de falacias ad hominem (el interlocutor es muy malo o muy tonto, por tanto no puede tener razón) y de falacias ad populum (¡qué pasará con los viejecitos!), es decir, de críticas contra el dedo en lugar de contra la luna para evitarse entrar en el fondo de la cuestión. Si buscamos argumentos de sustancia, sólo hay dos: el primero, que España tiene un número de empleados públicos muy inferior a la media de la UE; el segundo, que todos nuestros problemas se arreglan combatiendo la evasión fiscal.
En cuanto al primero, cito a Leguina:

Y uno se pregunta: ¿de dónde saca los datos este genio? Porque, según Eurostat, el número de trabajadores públicos por habitante es mucho más bajo en España que en la media de la UE y está a años luz de la Alemania de Merkel, tan querida ella por la gente “liberal”.

En verdad, quien no sabe de dónde ha extraído Leguina sus datos soy yo, más que nada porque, hasta donde me alcanza, Eurostat no publica datos de empleados públicos. De hecho, las más conocidas (e inexactas) estimaciones a este respecto, no sitúan el número de empleados públicos de España a «años luz» de Alemania, sino ligeramente por encima (y eso que la tabla anterior deja fuera a 500.000 empleados públicos). Pero bueno, imagino que apelando a Eurostat se reviste de mayor formalidad a unos datos inventados.
Sea como fuere, al final, lo que cuenta no es el número de empleados públicos, sino su coste total. España podría tener 1 empleado público cada 5 habitantes si cobraran, por ejemplo, una décima parte de lo que perciben ahora mismo; asimismo, vería cómo su nivel de empleo público se convertiría en todavía más insostenible si multiplicara sus nóminas actuales por diez. Centrarse en el número de empleados públicos sin analizar cuál es su coste no tiene ningún sentido desde una perspectiva de sostenibilidad financiera del sector público. ¿Y qué sucede cuando en lugar de echar un ojo al número de empleados públicos analizamos su coste? Pues dos cosas: la primera es que, para eso, vaya por dónde, sí existen datos de Eurostat que, por un extraño traspiés, Leguina no ha consultado; la segunda, acaso relacionada con el extraño traspiés, es que en esta rúbrica sí estamos a «años luz» de Alemania: en concreto, nuestro gasto en términos de PIB es un 50% superior al de los teutones; en términos de ingresos públicos, tan sólo un 100%. Datos con poca chicha como para que Leguina afirme justo lo contrario, supongo.
El segundo, y último, argumento de Leguina es que combatiendo el fraude fiscal se acababan todos nuestros problemas: »

Los neoliberales, aparte de éstas y otras recetas parecidas, no abren la boca para tratar temas como la evasión fiscal. Por ejemplo, nunca se les ha ocurrido señalar la evidente anomalía de que la recaudación del IRPF en España provenga casi exclusivamente (el 90 por ciento) de los bolsillos de los asalariados. Si el resto de los perceptores de rentas pagaran el IRPF como lo hacen los asalariados, las cuentas públicas se cerrarían este año con un notable superávit. ¿Por qué no se ocupan de ello?.

En primer lugar, eso de que los liberales nunca tratamos el asunto de la evasión fiscal se desmiente tan pronto como uno busca un mínimo de información sobre lo que ha escrito aquel al que se está criticando: así se vería, por ejemplo, que algunos sí hemos reflexionado al respecto para mostrar lo fraudulento del fraude fiscal y su incapacidad para acabar con el déficit. Leguina, sin embargo, parece confundir fraude fiscal con un tratamiento fiscal que le desagrada; al cabo, cuando apela a que las rentas del capital paguen lo mismo dentro del IRPF que los asalariados, simplemente se está refiriendo a que la ley confiere un tratamiento diferenciado (y por motivos razonables: las rentas del capital ya han pagado previamente el Impuesto de Sociedades) a unas y otras, pero eso no tiene nada que ver con el fraude. Aun así, no dejan de sorprenderme ciertas afirmaciones solemnes sin ningún dato que las sustente: verbigracia, Leguina dice que si los receptores de las rentas del capital tributaran de la misma guisa que los asalariados… ¡España tendría superávit!
Veamos: en 2011, España cerró con un déficit de 100.000 millones de euros; por su parte, en 2008 (último dato disponible, pero seguramente muy parecido al de 2011, si no superior) el conjunto de bases imponibles del ahorro fue de 42.000 millones de euros. Si hacemos tributar esas bases imponibles al 30% (el tipo medio efectivo de las rentas del trabajo), recaudaríamos unos 12.000 millones de euros (asumiendo que no haya fuga de capitales ni problemas similares que a buen seguro se darían). Hasta donde conozco, creo que 12.000 millones no es mayor que 100.000 millones.
Hasta aquí el argumentario de Leguina en contra de mi libro. Déjenme, sin embargo, tocar una de sus falacias ad hominem:

Juan Ramón Rallo, que tiene ahora 28 años, es doctor en Economía y licenciado en Derecho y tiene publicados varios libros, como Un modelo realmente liberal y Una alternativa liberal para salir de la crisis. Y ahora ejerce de profesor –¡oh casualidad!– en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid… Y uno se vuelve a preguntar qué pensarían de estos jovencitos liberales unos liberales de verdad como Agustín de Argüelles o su adorado Adam Smith.

Lo primero es que ya no formo parte del profesorado de la Universidad Rey Juan Carlos (imagino que mis datos biográficos los habrá sacado de la misma fuente que los datos de Eurostat), pero sí he formado parte: no tengo nada en contra de los liberales que ocupan un puesto de empleado público (sólo faltaría que el socialismo nos impusiera un Estado gigantesco del 50% del PIB y que luego ése fuera un terreno vedado para el solo disfrute de los propios socialistas); sí, en cambio, de aquellos que lo ocupan y que, extrañamente, tuercen sus principios para defender que debe prescindirse de todo gasto público salvo de aquel que va dirigido a financiar su puesto. Segundo, me sorprende la apelación a Adam Smith, liberal de verdad según Leguina, para supuestamente recriminarme que (ya no) forme parte de la plantilla de una universidad pública. Más que nada porque el propio Adam Smith concluyó sus días siendo director de aduanas. Pero bueno, la verdad es que tan mal construida falacia ad hominem no desentona del resto del artículo.

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