Seis malas críticas a la teoría austriaca del ciclo económico (parte 1)

Lord Keynes, autor del blog Social Democracy for the 21st Century, publica un resumen de seis razones por las cuales la teoría austriaca del ciclo económico es inválida. Las resumo:

  1. No existe ningún tipo de interés natural en el sentido wickselliano y por tanto tampoco existen tipos artificialmente bajos.
  2. La teoría austriaca parte de la base de que existe pleno empleo de los recursos y carece de sentido toda vez que en la realidad existen factores ociosos.
  3. Los bienes de capital no pueden clasificarse perfectamente en órdenes y el grado de sustitutividad entre ellos es alto.
  4. Los tipos de interés no coordinan adecuadamente las decisiones de nuevo ahorro y de nueva inversión porque también son el resultado de las operaciones en el mercado secundario referidas a decisiones pasadas de ahorro e inversión.
  5. Los austriacos asumen una tendencia hacia el equilibrio y hacia la ecualización de las tasas de ganancia que no existe en el mundo real, caracterizado por la complejidad, las expectativas cambiantes y la incertidumbre.
  6. La mayoría de los precios de una economía son rígidos, por lo que no pueden existir falsos beneficios extraordinarios derivados de un aumento ilusorio de los precios ante un incremento de la demanda: la mayor demanda con cargo al crédito se traslada a aumentos de la producción y el empleo.

Ninguno de los seis motivos me parece válido, por lo siguiente:

  1. La teoría austriaca del ciclo económico no necesita asumir la existencia de un, en efecto, irreal tipo de interés natural wickselliano. Le basta con explicar la expansión artificial del crédito con cargo al arbitraje de las curvas de rendimientos: esto es, le basta con mostrar que existe una descoordinación entre el plazo y el riesgo de las inversiones que están dispuestos a financiar los ahorradores marginales y el plazo y el riesgo asociados a las inversiones que se están efectuando en la economía (descalce de plazos y riesgos como base de las malas inversiones cíclicas).
  2. La teoría austriaca no necesita asumir la existencia de pleno empleo de los recursos, pues el problema es que los patrones de producción se expanden de manera desproporcionada, generándose cuellos de botella localizados (carestía de factores productivos específicos difícilmente sustituibles) y una insuficiente provisión de los bienes demandados por los ahorradores en el momento demandado por los ahorradores. Los flujos intertemporales de producción no coinciden con los flujos intertemporales de consumo deseado, y eso no es algo que se pueda remediar echando mano de recursos ociosos, pues esos recursos ociosos sólo podrán contratarse con un inexistente capital (predisposición a posponer el consumo) presionarán todavía más al alza la demanda de bienes de consumo.
  3. Que los bienes de capital no puedan clasificarse en órdenes específicos es irrelevante. La cuestión es la velocidad de rotación del capital del conjunto de las estructuras productivas: es decir, la rapidez o lentitud con la que los adelantos de capital se transforman en bienes de consumo (o, dicho de otro modo, la rapidez o la lentitud con la que se amortizan las estructuras productivas y pueden reconvertirse sin merma de valor en otras nuevas). Obviamente, si se asume un alto grado de sustitutividad entre bienes de capital, el problema es mucho menor. Pero la sustitutividad es mucho menor a la que asume Lord Keynes: no porque un bien de capital individual no pueda recolocarse en otras empresas, sino en el sistema capitalista lo realmente valioso son las estructuras de bienes de capital (dentro de una empresa y entre empresas), de modo que el valor que se destruye cuando una de ellas se rompe no puede ser tan fácilmente recreado en otras. Básicamente, los bienes de capital no son de plastilina y eso tiene indudables implicaciones sobre el ciclo.
  4. Los tipos de interés no buscan coordinar las decisiones de nuevo ahorro con las decisiones de nueva inversión, sino el conjunto de los perfiles temporales y de riesgo de los ahorradores con el conjunto de los perfiles temporales y de riesgo de los inversores. Eso incluye no sólo las decisiones de nueva inversión sino también la refinanciación de las decisiones de inversión pasada: básicamente, el nuevo ahorro puede ir dirigido a financiar nuevas estructuras productivas o a liberar al ahorrador que financió pasadas inversiones productivas y que desea comenzar a consumir (yo le vendo a un ahorrador el bono de una empresa que había adquirido porque quiero irme de vacaciones y ese nuevo ahorrador pasa a convertirse en el nuevo agente que sufraga las inversiones que todavía no han madurado de la empresa que había emitido el bono). Fritz Machlup explica perfectamente el proceso en los capítulos III y IV de su libro The Stock Market, Credit and Capital Formation.
  5. No es necesario asumir ninguna tendencia hacia el equilibrio o la ecualización de la tasa de ganancias y Lord Keynes lo sabe porque ha leído a Lachmann. Lachmann es un subjetivista radical que niega cualquier la posibilidad de una tendencia general al equilibrio, encajando la teoría austriaca dentro de ese marco (capítulos 2 y 10 de su libro Capital and its Structure). Ahora bien, lo que resulta difícil de negar es que, como explica aquí Jonathan Finegold Catalán, sí existe un ímpetu individual hacia la coordinación, por disruptiva (y descoordinante) que resulte en un entorno dinámicamente cambiante.
  6. Que una mayor demanda no se traslade en mayores precios sino en mayor producción no significa que esa mayor producción no sea insostenible. Los (falsos) beneficios de una empresa pueden aumentar porque incrementa sus precios manteniéndose las ventas fijas (o disminuyendo menos que el aumento de precios) o porque aumenta la rotación de sus mercancías manteniéndose los precios fijos (o disminuyendo menos que el aumento de las ventas). Es el abecé de la teoría de la utilidad marginal decreciente: para conquistas a compradores submarginales deberé rebajar el precio. Si las empresas pueden ampliar sus ventas sin bajar precios (gracias a la demanda extraordinaria derivada de un crédito artificialmente expandido), pueden amasar beneficios ficticios por mucho que los precios no suban y sí lo haga su producción. En suma: construir continuamente 800.000 viviendas al año en España era una mala inversión aun cuando los precios de la vivienda no hubiesen aumentado un ápice.

Como vemos, críticas que a primera vista podrían parecer verosímiles pero que, tras examinarlas un poco, no atacan ni mucho menos los fundamentos de la teoría austriaca.

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