Sobre la paradoja de la tolerancia

En su libro Liberalismo, Ludwig von Mises señala que “sólo la tolerancia puede crear y mantener la paz social, sin la cual la humanidad recaería en la barbarie y en la penuria de los siglos pasados”. Sin embargo, para muchos liberales es más bien al revés: las sociedades libres deben ser protegidas de sus enemigos, de modo que la tolerancia ilimitada resulta incompatible con el liberalismo. Fue Karl Popper quien mejor expresó esta última postura en lo que él mismo denominó la “paradoja de la intolerancia”:

La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aún a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia (…) Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos.

Parte de mis problemas con la paradoja de la tolerancia es que mezcla peligrosamente dos significados de tolerancia. Llamemos tolerancia estricta a la coexistencia pacífica, esto es, al reconocimiento del prójimo como agente moral con derecho a actuar de acuerdo a sus propios valores (en términos rawlsianos podríamos decir que la tolerancia estricta constituye el valor central del liberalismo político). Llamemos tolerancia amplia al respeto intelectual hacia los valores morales ajenos aun cuando no coincidan con los propios (en términos rawlsianos podríamos decir que la tolerancia amplia es uno de los valores principales del liberalismo integral). La tolerancia estricta no requiere aceptar como válidos otros modos de vida: únicamente exige reconocer el derecho a existir de esos otros modos de vida. La tolerancia amplia, en cambio, sí supone aceptar, e incluso ver como positiva, la multiplicidad y diversidad de formas de vida, entendiendo que no todos los seres humanos se autorrealizan del mismo modo.

En principio, pues, la paradoja de la intolerancia popperiana podría formularse de cuatro modos distintos. ¿Cuál de ellos es verdaderamente compatible con el liberalismo.

  1. “Debemos mostrar intolerancia estricta hacia la intolerancia amplia” (limitar las libertades de quienes reconocen las libertades ajenas pero exhiben ciertos valores intolerantes): Dado que una sociedad puede conservar su libertad mostrando tolerancia estricta hacia la intolerancia amplia —que una persona crea que el islamismo es superior al cristianismo o que el cristianismo es superior al islamismo no socava per se las bases de la convivencia—, pretender imponer la tolerancia amplia a todos sus ciudadanos supone un claro ataque a las bases de una sociedad libre (por ejemplo, implicaría prohibir aquellas religiones que simplemente acusaran a las restantes de ser falsas religiones).
  2. “Debemos mostrar intolerancia amplia hacia la intolerancia amplia” (oponernos intelectualmente a quienes reconocen las libertades ajenas pero exhiben ciertos valores intolerantes): Dado que una sociedad puede conservar su libertad mostrando tolerancia amplia hacia la intolerancia amplia, tampoco es absolutamente imprescindible que una sociedad libre suscriba esta formulación de la paradoja de la intolerancia. Cuestión distinta es que, evidentemente, resulta legítimo —y, en determinados contextos, incluso apremiante— rechazar intelectualmente la intolerancia amplia de otras personas: esto es, la convivencia efectiva sí puede hacer aconsejable la promoción de la tolerancia amplia entre determinados colectivos intolerantes (a saber, contribuir a que la gente amplíe su visión de los términos aceptables para una buena vida).
  3. ”Debemos mostrar intolerancia estricta hacia la intolerancia estricta” (limitar las libertades de quienes no reconocen las libertades ajenas): Dado que existe una cierta indeterminación acerca de cuál es el núcleo duro e irreductible de los derechos individuales, no deberíamos excluir inmediatamente de la sociedad a aquellas personas que juzguemos como intolerantes estrictos. Por ejemplo, un comunista no reconoce el derecho a la propiedad privada y, por tanto, niega derechos esenciales a las personas: pero mientras mantenga tales valores antisociales en un plano meramente intelectual —en lugar de tomar las armas y empezar a saquear a los ciudadanos— no hay motivo alguno para no respetar sus libertades básicas. Por consiguiente, la convivencia sí parece exigir un cierto grado de tolerancia estricta hacia quienes percibamos como intolerantes estrictos.
  4. “Debemos mostrar intolerancia amplia hacia la intolerancia estricta” (oponernos intelectualmente a quienes no reconocen las libertades ajenas): La promoción de la intolerancia estricta (apología de la violencia) socava las bases de la convivencia y, por tanto, sí debe ser combatida intelectualmente. Por tanto, como liberales sí debemos mostrar intolerancia intelectual hacia quienes rechacen las bases jurídicas mínimas que conforman una sociedad libre.

En resumen, la paradoja de la tolerancia popperiana no debería erigirse en una excusa para atacar las libertades básicas de quienes mantengan visiones del mundo que podamos considerar intolerantes en sentido amplio (por ejemplo, musulmanes que menosprecien las creencias de los cristianos o viceversa). Evidentemente, ninguna sociedad libre puede tolerar comportamientos que directamente atenten contra los derechos esenciales de las personas, pero, una vez respetados esos derechos nucleares, sí deberíamos tolerar estrictamente la mayor cantidad de comportamientos posibles: incluso comportamientos que consisten en defender intelectualmente donde las libertades individuales se ven mermadas.

Este texto forma parte del libro-homenaje a Mario Vargas Llosa Ideas en libertad (2016)

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