¿Somos esclavos del mercado?

Habitualmente oímos que vivimos sometidos a la dictadura de los mercados. Nuestras acciones quedan condicionadas por lo que dictan los precios, los costes o los tipos de interés, y no por nuestra voluntad. Aquello que no es rentable no llega a comercializarse y, a su vez, quien carece de dinero no es capaz de adquirir ni siquiera los productos más fundamentales: es la tiranía del vil metal, de la que sólo somos capaces de librarnos gracias al intervencionismo estatal. Pero, ¿qué significa exactamente eso de que vivimos sometidos al mercado? Y aún más importante, ¿qué implicaciones tiene que alguien, como el Estado y sus clientes, pueda vivir al margen de esa dictadura?
Recordemos: los agentes económicos dividen su trabajo para ser más eficientes a la hora de fabricar bienes y servicios con los que satisfacer sus fines. Si todos tuviéramos que fabricar todo aquello que necesitamos, seríamos tremendamente ineficientes y pobres. Piense por un segundo que usted debiera producir su propia comida, bebida, vestido, vivienda, mobiliario, televisores, módems, teléfonos móviles, satélites, etc. (incluyendo todos los materiales de los que éstos están compuestos). Parece claro que viviríamos en la miseria más absoluta, de ahí que hayamos optado por dividir nuestras ocupaciones y convertirnos en productores especializados y consumidores generalistas.
La cuestión es: ya que dividimos nuestro trabajo y no producimos todos los bienes que directamente deseamos, ¿a qué debemos dedicarnos cada uno de nosotros? Es decir, qué bienes deben producirse socialmente y, sobre todo, cuál es la manera más acertada de hacerlo. Y, como ya vimos, la respuesta a estas esenciales cuestiones nos la ofrecen los precios de mercado y los beneficios empresariales: que la producción de un bien sea rentable significa que los consumidores la valoran más que aquellas mercancías alternativas que podrían haberse fabricado; que un bien no sea rentable implica que los consumidores lo valoran menos que aquellos otros que podrían haberse creado con los factores productivos empleados.
Pero recordemos en todo momento qué hay detrás de esos consumidores: todo consumidor es un productor que se ha dedicado previamente a fabricar una serie de bienes que, a su vez, han sido adquiridos por otros consumidores/productores. El mercado, por tanto, sólo es el ámbito en el que unos y otros intercambian voluntariamente sus mercancías. Cuando todos los productores generan bienes rentables, todos los agentes salen beneficiados, pues todos obtienen como consumidores mercancías más valiosas que las que hubiesen podido crear con el tiempo y el esfuerzo que han invertido como productores. Cuando algunos productores generan bienes que no son rentables, algunos consumidores salen perjudicados pues no son capaces de adquirir mercancías más valiosas que las que hubiesen podido fabricar.
Esa, y no otra, es la famosa dictadura de los mercados: como formo parte de una división del trabajo mucho más amplia, mis posibilidades de producción y de consumo dentro de esa división del trabajo quedan limitadas por las valoraciones del resto de personas. Nadie puede consumir lo que quiere sin fabricar lo que otros quieren. Es decir, si queremos consumir lo que queramos, es necesario que, como productores, tengamos en cuenta lo que otros productores también desean poder consumir.
Por consiguiente, cuando una persona se queja de que está sometida a la dictadura de los mercados, sólo puede referirse a que no se le permite ignorar las preferencias de los demás a la hora de tomar sus decisiones de producción o consumo. En puridad, sin embargo, no es cierto que una persona se vea forzada a coordinarse con otras; todo el mundo es libre de abandonar la división del trabajo o de tratar de cooperar con otros individuos en organizaciones del trabajo más restringidas. Por ejemplo, la izquierda con pretensiones de «alternativa» intenta canalizar los intercambios por otros cauces: tiendas de trueque, comercio justo, comunas, etc. Asimismo, hay multitud de relaciones humanas que no se planifican en función de su rentabilidad monetaria: el amor, la amistad, la caridad o la vocación religiosa. Por tanto, si existen momentos en los que directamente nos salimos de la división del trabajo y optamos por otras formas de organizarnos, no puede hablarse de dictadura.
Sucede, sin embargo, que a la hora de fabricar bienes y servicios, no existe una alternativa real al libre mercado. Cuando uno se queja de que vive sometido a la dictadura de los mercados, lo que en realidad está diciendo es que los costes de abandonar la división del trabajo, de no querer participar en ella o de crear sistemas productivos aislados de los que nutrirse para su consumo diario, son tan descomunales que sería totalmente absurdo hacerlo. Es decir, quien denuncia la dictadura de los mercados en realidad le está rindiendo un inconsciente homenaje: «Aunque te detesto con todas mis fuerzas, facilitas tanto mi vida que no puedo abandonarte».
Los único que pueden vivir al margen del mercado son el Estado –sus recursos no los obtiene merced a intercambios voluntarios y mutuamente beneficiosos sino mediante la coacción– y quienes se refugian bajo sus faldas. Gracias a ello, ciertos individuos gozan de licencia para generar menos valor para otras personas del que ellas han generado para ellos. Por ejemplo, el consumidor que reclama ser subsidiado por el Estado para acceder a bienes que quedan fuera de su alcance en realidad está diciendo: «Quiero que los demás me entreguen bienes más valiosos de los que yo les doy a ellos»; por su lado, el productor que implora ser subvencionado por el Estado para continuar fabricando bienes que otros no desean está gritando: «Quiero seguir entregándoles a los demás bienes menos valiosos de los que yo les arrebato a ellos».
La dictadura del mercado es la democracia de los intercambios pacíficos, voluntarios y mutuamente beneficiosos. La democracia del Estado es la dictadura de los intercambios violentos, coactivos y unilateralmente provechosos. Simbiosis versus parasitismo.
Así pues, cuando oiga a alguna persona reclamar que la cultura, la prensa, la televisión pública, el carbón nacional, las automovilísticas, los oficios tradicionales, el cine patrio o cualquier otra ocupación debe ser subvencionada por el Estado para así sustraerse al mercado, al lucro o a la avaricia, tenga claro cuál es su auténtico mensaje: «Soy tan codicioso y tengo tan pocos escrúpulos a la hora de conseguir dinero, que en lugar de quebrarme la cabeza tratando de averiguar qué bienes y servicios necesitan los demás, prefiero arrebatárselo por la fuerza». O, como decía David Friedman, «los avariciosos capitalistas consiguen su dinero comerciando; los buenos progres, lo roban». Normal, pues, que intenten adornar un acto tan censurable con todo tipo de bellos ropajes: solidaridad, Estado del Bienestar, igualdad, dignidad, cohesión social o sectores estratégicos. Pero desengáñese: lo único que desean es que usted no se dé cuenta de que, en lugar de preocuparse por sus necesidades, le están esquilmando.

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