Syriza, coge el dinero y corre

El tercer rescate a Grecia parece estar algo más cerca después de que el parlamento alemán lo aprobara aun con oposición de la facción más ortodoxa de la CDU y de un ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, que incluso ha amagado con dimitir. No se trata de que estemos ante un rescate laxo hacia la Administración de Syriza, sino de que la mayoría de ciudadanos alemanes rechazan de frente cualquier nueva concesión al Estado heleno tras cinco años de transferencias de casi un cuarto de billón de euros por parte de la Eurozona: un cuarto de billón de euros que ha ido dirigido a refinanciar los vencimientos de su deuda, a recapitalizar a sus bancos y a seguir emitiendo nueva deuda mientras sus autoridades intentaban con extrema lentitud y desgana cuadrar sus cuentas y abrir su economía a la competencia internacional.
Al parecer, sin embargo, los líderes europeos continúan sin aprender la lección y han prometido entregar a Syriza otros 86.000 millones de euros durante los próximos tres años. La demostrada predisposición de la formación de izquierdas para traicionar e impagar a sus acreedores no ha socavado el acuerdo debido al temor a que una ruptura del euro estrangulara la débil recuperación económica que se vive en el Continente. Pero sin liberalizaciones, ajustes presupuestarios y estabilidad institucional, el escenario de un Grexit no desaparece del horizonte, sino que sólo se posterga. ¿Y cómo confiar en que un señor que ha secuestrado a sus ciudadanos con un devastador corralito vaya a capitanear un proceso de reformas en el que no cree y contra el que ha convocado un referéndum que ahora se apresta a enterrar? Ese era justamente el principal argumento esgrimido por Schäuble y otros líderes europeos para oponerse a cualquier acuerdo: un compromiso a tres años requiere de confianza y Syriza ha dinamitado todos los pilares de su credibilidad.
Así las cosas, aislada externamente y destrozada internamente por los efectos de un corralito que están lejos de haberse disipado, Grecia tendrá que aplicar un programa de ajustes y reformas mucho más amplio y duro que el que Tsipras tuvo la oportunidad de firmar antes de levantarse de la mesa y convocar unilateralmente el referéndum: subida del IVA al 23% en casi todos los bienes y servicios, elevación de la edad de jubilación hasta los 67 años, congelación de las pensiones hasta 2021, supresión del complemento “de solidaridad” para las pensiones, incremento del copago sanitario para los jubilados, elevación del Impuesto de Sociedades hasta el 28%, reducción de los salarios de los empleados públicos y privatización de los principales puertos, aeropuertos, ferrocarriles y redes de transmisión eléctrica.
Un complicado programa de ajustes que, de hecho, descansa excesivamente en nuevas subidas de impuestos sobre una debilitadísima economía que, como la griega, no tiene margen para soportar nuevas exacciones tributarias. El recorte del gasto público debería haber sido mucho más intenso para evitar que la consolidación presupuestaria pivotara sobre el lado impositivo. Pero el Gobierno de Syriza, el interlocutor que podría haber intentado persuadir a la Troika de la conveniencia de fundamentar la austeridad en los recortes del gasto en lugar de en las subidas de impuestos, no sólo no ha reivindicado un Estado más pequeño sino que articuló todos sus chantajes políticos con el único propósito de lograr que los contribuyentes europeos siguieran financiando la hipertrofiada burocracia clientelar helena.
Pero, al final, Tsipras ha tenido que claudicar en todas sus peticiones y suplicar genuflexo al resto de dirigentes europeos que le entregaran otros 86.000 millones de euros con los que estirar la permanencia de Grecia en la Eurozona durante otros tres años. El peor de los escenarios imaginados por la hinchada pro-Syriza: ni la indignidad de quien araña buenas condiciones merced a su servilismo negociador ni la dignidad de quien se suicida por enrocarse en sus convicciones. Al contrario: indignidad, servilismo y malas condiciones. Difícil haber negociado peor durante estos últimos seis meses.
Y, por desgracia, no existen garantís de que este tercer rescate —al igual que sucediera con el primero y con el segundo— no concluyan en un absoluto fiasco económico. No porque Grecia posea otra alternativa a la austeridad —tanto dentro o fuera del euro será incapaz de costear su Estado sobredimensionado— sino porque Grecia necesita mucho más que austeridad: necesita libertad económica, ahorro interno y estabilidad político-social. Nada de lo cual parece que vaya a ser capaz de proporcionarlo una jaula de grillos ideológica como Syriza y un oportunista-populista como Tsipras.

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