Techo de la deuda: Jugándoselo todo a la ruleta del crecimiento

Sostiene la sabiduría keynesiana convencional que el continuado incremento en los niveles de deuda estadounidenses no es en absoluto problemático. Al cabo, puede que el país haya alcanzado prácticamente la muy inquietante cifra de un 100% de deuda pública sobre el PIB —casi el doble que hace una década—, pero, se nos dice, la manera más sencilla de reconducir esa ratio a niveles más sostenibles no es amortizando y reduciendo el numerador, sino incrementando el denominador. No necesitamos menos deuda, sino más crecimiento y para lograr más crecimiento requerimos de más gasto público y por tanto de más deuda.
Toda falacia, para ser efectiva, debe esconder algo de verdad, pues en caso contrario la mentira se convierte simplemente en una tontería. Este caso no es distinto: es cierto que los individuos, las empresas o los sistemas económicos más solventes —aquellos que generan una mayor cantidad de riqueza— tienen un mayor margen para endeudarse y por ello también es verdad que el efecto de incrementar el crecimiento y congelar la deuda no sólo sería meramente cosmético sino que contribuiría a estabilizar la situación financiera del país aun sin reducir en términos absolutos sus pasivos.
El fallo invalidante del razonamiento anterior es que, en la inmensa mayoría de los casos, más endeudamiento público no significa más crecimiento sostenible, sino, como mucho, una hinchazón autorreversible de ciertas líneas productivas (y, de manera más habitual, un desplazamiento y destrucción de inversiones privadas que habría podido generar riqueza). Se despilfarran recursos en hacer como que producimos  riqueza sin lograrlo, de manera que nos quedamos sin la riqueza pero con la deuda pendiente de pago. Vamos, que salvo en aquellas áreas fundamentales para una economía y monopolizadas por el Estado (como la construcción de algunas infraestructuras), el gasto público sufragado con deuda no sólo no impulsa el crecimiento económico a largo plazo, sino que lo consume. Fantástico: nos quedamos con más deuda y con menos PIB, esto es, con una situación más precaria de las finanzas públicas.
De ahí que resulte tan peligrosa la retórica izquierdista de que no debemos preocuparnos por los actuales niveles de endeudamiento debido a que el PIB se incrementará a lo largo de la próxima década. Por desgracia, el crecimiento futuro es sólo una hipótesis, pero la necesidad de amortizar en el futuro la deuda en la que incurramos hoy, una certeza. En la medida en que no existe vínculo entre crecimiento a largo plazo y deuda pública, toda renuencia presente a equilibrar el presupuesto constituye una manifiesta irresponsabilidad política, especialmente en medio de una depresión ocasionada por el exceso de deuda (pública y privada).
EE.UU. no debería jugarse su solvencia a la ruleta rusa del crecimiento, sino que debería trabajar decididamente para garantizarla aun en el supuesto de que no llegue a crecer. En caso contrario, las malas noticias sobre la debilidad de su aparato productivo vendrán por partida doble: no sólo produciremos en el futuro menos riqueza de la que desearíamos sino también menos de la que necesitaríamos para honrar nuestros compromisos.
Resulta incomprensible que Obama y los suyos hayan mostrado tanta preocupación por incurrir en una suspensión de pagos derivada de una transitoria falta de liquidez y desprecien con tanta ligereza el auténtico problema de fondo: el riesgo creciente —creciente con la deuda y con el retraso de la ‘recuperación’— de que Estados Unidos suspenda pagos por su insolvencia sobrevenida. Si el 2 de agosto iba a terminarse el mundo por una restricción legal que les impedía emitir más deuda, imaginemos qué podría suceder cuando el país no pueda vender más deuda porque no haya nadie dispuesto a comprársela. Las opciones, en tal caso, sólo serían dos: o hiperdeflación (contracción crediticia masiva) o hiperinflación (monetización por parte de la Fed de toda la deuda que no encontrara comprador). Dos escenarios poco agradables que, en cierto modo y conforme se va acumulando más deuda, operan como profecías autocumplidas: el expansivo riesgo de que el desastre suceda incrementa la incertidumbre sobre el futuro, lo que desincentiva la inversión privada y refrena el crecimiento.
¿Quiénes son, pues, los irresponsables? ¿Aquellos que han amagado con cerrar transitoriamente el grifo de la deuda o aquellos que se despreocupan de que se les cierre definitivamente? No, quien amenaza la estabilidad de la economía mundial no es el Tea Party, sino el pensamiento único de los demócratas y de la mayoría de los republicanos que no dudan en socavar, año tras año, la solvencia de un país estancado. Sorprende que los medios afines al establishment hayan hecho sonar todas las alarmas por la chinita en el camino que suponía el techo de deuda y se olviden día a día de esa roca cada vez más grande que es la solvencia del país. Bonito modo de influir en la agenda política y de determinar que la liquidez a corto plazo bien vale la quiebra a largo, sobre todo si la iliquidez la tendría que haber soportado Obama y la insolvencia el desconocido que venga detrás.

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