Una visión marginalista y subjetivista de las paradojas del capital

La teoría neoclásica del capital y de los tipos de interés reza fundamentalmente así: el capital —entendido como equipo físico de bienes de capital— es un factor productivo más, a la misma altura que la tierra o el trabajo (y por tanto puede integrarse dentro de una función agregada de producción); el tipo de interés es la expresión de la productividad marginal de ese factor productivo y dado que los rendimientos de todo factor productivo son decrecientes, cuando más capital se acumule, menor será el tipo de interés; y, por último, el reparto final de la producción entre trabajadores (salarios) y capitalistas (beneficios/intereses) se explica por sus respectivas productividades marginales: el capitalista sólo obtiene ingresos en relación con la riqueza que previamente ha generado.
Esta narrativa, que contiene lo que Paul Samuelson denominó “las parábolas del capital de John Bates Clark”, fue identificada con la visión más refinada de la teoría del capital de la Escuela Marginalista y fue, en consecuencia, puesta en tela de juicio a partir de los años 50 y, sobre todo, a lo largo de la década de los 60 por la contrarrevolución neorricardiana. La discusión entre ambas visiones se conoció como la Controversia del Capital entre la Escuela Neoclásica y la Escuela de Cambridge, donde los segundos atacaron a los primeros exponiendo tres aparentes paradojas dentro del marco marginalista: 1. No existe una forma de medir el capital que sea independiente de la distribución de la renta (es decir, de la tasa de salarios y de la tasa de ganancias que se asuma como dadas), de manera que el capital explica el interés tanto como el interés explica el capital; 2. La intensividad de capital no es una función monotónica de los tipos de interés, de manera que estructuras que eran descartadas ante caídas de tipos de interés pueden volverse a implementar con sucesivas caídas de los tipos de interés (fenómeno conocido como reswitching) y, además, tipos de interés más bajos no irán necesariamente ligados a una estructura productiva más intensiva en capital (fenómeno conocido como capital reversing); y 3. En aquellos casos en los que se verifiquen las anteriores paradojas, no habrá ninguna necesidad de respetar la distribución de la renta resultante de un mercado libre, sino que será conveniente proceder a una redistribución de las mismas.
Recordemos que, tal como escribió Piero Sraffa —cabeza visible de la Escuela de Cambridge y uno de los primeros en detectar la existencia del reswitching— en manuscrito preliminar de su libro Production of Commodities by Means of Commodities, “uno de los propósitos de este trabajo es profundizar en la investigación de la teoría de la distribución. El modo en el que procederemos es analizando hasta qué punto podemos asumir que la distribución de la renta puede quedar indeterminada con respecto a las condiciones internas del sistema; y en qué punto, si es que hay alguno, tenemos que reconocer que las condiciones técnicas son las que determinan la distribución de la renta”.
Es bajo este prisma bajo el que debemos entender la Controversia del Capital: como el último paso en la desvinculación entre la teoría de la producción y la teoría de la distribución. El problema fue que quienes defendieron su absoluta identidad (la Escuela Neoclásica) lo hicieron sin las necesarias herramientas y recurriendo a errores conceptuales (haciendo depender el interés de la productividad marginal del capital). Por eso, la crítica de la Escuela de Cambridge a la Escuela Neoclásica resultó exitosa: la Escuela Neoclásica, a diferencia de la Escuela Austriaca, carecía de una teoría marginalista y verdaderamente subjetivista que oponer a la visión neorricardiana del capital y del interés. En este artículo vamos a tratar de construir esa interpretación alternativa
La medición del capital depende de la distribución de la renta: el Efecto Wicksell
Los bienes de capital son físicamente heterogéneos, de modo que no pueden sumarse y restarse como si fueran unidades de una misma especie. Todavía peor: la combinación de dos bienes de capital da lugar a una estructura de bienes de capital que, debido a la presencia de complementariedades productivas, será una entidades a efectos prácticos distinta que la mera agregación de dos bienes de capital aislados (un equipo informático compuesto por una CPU, una pantalla y un teclado no es lo mismo que la suma de una CPU, una pantalla y un teclado por separado). De ahí que no exista forma alguna de agregar materialmente el stock de bienes de capital y las parábolas neoclásicas sean difíciles de comprobar. Si una mesa, un ordenador y la formación informática de un trabajador consiguen desarrollar un revolucionario programa informático, ¿cuál es el rendimiento de los bienes de capital? ¿Qué nos expresaría la ratio entre el programa informático y la suma de una mesa, un ordenador y años de formación? Nada.
Para solventar este problema existen dos alternativas: una, extremadamente simplificadora, pasa por asumir que esa economía sólo puede producir programas informáticos y, por tanto, no existen usos alternativos para los bienes de capital. En tal caso, podríamos buscar en el mercado una equivalencia entre los bienes de capital y su subproducto (el programa informático). A la postre, uno podría valorar, por ejemplo, el coste de producción de la mesa, del ordenador y de la formación en términos de programas informáticos abonados a los factores que los produjeron. Y así ya podríamos calcular la tasa de variación de la inversión en bienes de capital (coste expresado en número de programas informáticos a los que ha renunciado el capitalista) y los nuevos programas informáticos que produce el equipo de capital. Bajo tal esquema, pueden verificarse las parábolas neoclásicas sobre el capital.
Sin embargo, es evidente que estamos ante una más que flagrante simplificación de la realidad que, por consiguiente, apenas nos sirve para comprenderla: basta con que el número de mercancías que una economía puede producir fuera más de una para que el arreglo anterior resultara inútil. Existe, empero, una segunda alternativa: gracias a la existencia de dinero y de precios de mercado, uno puede agregar los bienes de capital a través de su valor económico, esto es, a través del capital. Desde Menger podemos decir con propiedad que el capital es el valor monetario de aquellos factores productivos que se orientan a percibir un lucro monetario en el mercado; es decir, el capital es el valor económico de los activos. Gracias al dinero y a los precios de mercado, por consiguiente, parece que puede pasarse desde la heterogeneidad de los bienes de capital a la homogeneidad del capital. Logrado tal propósito, las parábolas neoclásicas sobre el capital pueden pasar a verificarse.
Sucede que esta segunda alternativa no está exenta de problemas: el capital se determina como el valor descontado de los ingresos netos (ingresos menos gastos; siendo los gastos en última instancia reducibles al coste salarial) que un determinado equipo de bienes de capital puede producir. Eso implica que un mayor volumen de ahorro puede modificar el valor del capital por tres vías: una, alterando la productividad del equipo de capital físico, esto es, fabricando más mercancías y por tanto aumentando los ingresos netos (que es el efecto que desean capturar las parábolas neoclásicas); otra, elevando el coste salarial y por tanto reduciendo los ingresos netos (si parte del nuevo capital se destina a abonar alzas salariales); y, por último, reduciendo el tipo de interés y, por tanto, alterando el valor del equipo de capital preexistente (mayor valor presente de los ingresos netos aun cuando estos no se modificaran). El primero de estos efectos (el aumento de la productividad como consecuencia del “capital real”) se conoce como Efecto Wicksell Real y los otros dos efectos (la variación del valor del capital como consecuencia del aumento de la masa salarial y de la reducción del tipo de interés) como Efecto Wicksell Precios.
Partiendo de la base de que la producción total (Y) se divide entre la masa salarial (número de trabajadores, L, por salario medio, w) y la masa de rentas del capital (stock de capital, K, por tipo de interés, r):
CCC - Ecuación 1
Podemos definir la masa de rentas como los ingresos que les quedan a los capitalistas después de pagar los salarios:
CCC - Ecuación 2
Y asimismo podríamos definir el capital como el valor presente de los ingresos netos:
CCC - Ecuación 3
Si ahora diferenciamos la segunda ecuación, alcanzaremos el resultado de que la variación del stock de capital ante un aumento del ahorro es igual al valor presente del aumento de la producción (dY) menos el aumento de los costes salariales (debido a una variación de la población ocupada, w*dL, y a un aumento de los salarios medios, L*dw), menos la variación del valor del capital preexistente como consecuencia de la variación del tipo de interés (K*dr: como una caída del tipo implicara una variación negativa, el efecto neto sobre la variación del stock de capital será positivo):
CCC - Ecuación 4
En principio, la existencia de un Efecto Wicksell Real no resulta problemática para la narrativa neoclásica: es justo lo que quieren medir (qué ocurre con los tipos de interés cuando la cantidad de capital varía, incluso modificando la estructura del equipo de bienes de capital). Lo que, de hecho, intenta demostrar la teoría neoclásica es que el tipo de interés (r) es igual al aumento de la producción (dY) ante un aumento de la cantidad de capital (dK). A saber:
CCC - Ecuación 5
El problema es que también existe el Efecto Wicksell Precios, de manera que un mismo equipo de bienes de capital puede poseer valores muy distintos según cuál sea el tipo de interés y la tasa de salarios de esa economía. Es fácil comprobar a partir de la ecuación (2) que:
CCC - Ecuación 6
O dicho de otro modo, sólo en el aparentemente improbable y excepcional caso de que la variación del valor del capital preexistente como consecuencia de la variación del tipo de interés permita autofinanciar la alteración de la masa salarial (CCC - Ecuación 7), el tipo de interés coincidirá con la productividad del equipo de capital. Es decir, en efecto, tal como le reprocha la Escuela de Cambridge a la Escuela Neoclásica (crítica 1), no hay forma de medir el stock de capital que sea independiente de la distribución de la renta, por lo que la elección de la técnica productiva se ve influida no sólo por la acumulación de capital, sino por el poder de negociación entre las partes que da lugar a una determinada distribución de la renta: un aumento del capital no necesariamente acarreará un aumento de la intensividad de capital, ya que el Efecto Wicksell Real puede ser contrarrestado por el Efecto Wicksell Precios (si, por ejemplo, la masa salarial aumenta más que la revalorización del equipo de capital preexistente, un mayor volumen de ahorro y, por tanto, un menor tipo de interés, podría arrojar una reducción del stock de capital). Sin embargo, el argumento anterior no resulta en sí mismo demasiado convincente una vez se abandona el marco de pensamiento estrechamente neoclásico.
A la postre, por “tipo de interés” solemos referirnos a dos conceptos diferentes: por un lado, la rentabilidad del capital (lo que en finanzas conocemos como TIR); por otro, el coste subjetivo, por aplazamiento del consumo y por la asunción de riesgos, asociado al ahorro de un determinado volumen de capital (lo que en finanzas conocemos como wacc). En equilibrio, TIR y wacc por período temporal han de coincidir forzosamente, ya que en caso contrario habría beneficios extraordinarios no aprovechados (los ahorradores podrían invertir su capital a una tasa de rentabilidad superior al coste marginal de incrementar el ahorro). De este modo, podemos replantear las ecuaciones anteriores y llegar al siguiente sistema, donde el wacc es una variable dependiente de otras variables independientes y exógenas al sistema (en concreto, las preferencias intertemporales de los agentes):
CCC - Ecuación 8
Dentro de este sistema, los tipos de interés y la cantidad de capital no quedan indefinidos en función de la distribución de la renta, sino que la distribución de la renta y la cantidad de capital son funciones subordinadas al wacc (el elemento exógeno al sistema, como la función de utilidad de los consumidores es exógena a la dinámica de la determinación de precios intratemporal). Al cabo, el empresario estima diferentes posibilidades de ingresos obtenibles a distintos plazos y con distintos niveles de riesgo; para emprender este proyecto, capta capital de aquellos capitalistas que están dispuestos a ofertárselo a un determinado plazo y nivel de riesgo a cambio de un coste de financiación (wacc) y contrata a los trabajadores que necesita (L) a ofertándoles un determinado salario (w). La masa salarial (L*W) tenderá a igualarse a los ingresos esperados descontados por el wacc, ya que en caso contrario la TIR obtenida por trabajador superaría al wacc (y nuevos empresarios podrían competir con el incumbente ofertando a los trabajadores salarios más elevados). Una vez determinados los ingresos que se espera obtener, la masa salarial y el coste del capital a lo largo de toda la economía, el valor agregado del stock de capital sólo podrá ser uno (K), porque no será su mayor o menos disponibilidad lo que modificará el wacc (al revés: será el wacc el que determinará su mayor o menos disponibilidad). Y las variaciones de ese stock de capital se comportarán según la ecuación que ya hemos tenido ocasión de analizar:
CCC - Ecuación 9
Una vez despejada la confusión entre la TIR y el wacc, el misterio de la determinación del tipo de interés y del valor del capital resulta mucho menos enigmática. Por ejemplo, Luigi Pasinetti, uno de los más importantes integrantes de la Escuela de Cambridge, trató de demostrar que la Escuela Neoclásica carecía de una definición de tasa de ganancia que fuera independiente de una (arbitraria) distribución de la renta. Según Pasinetti, la Escuela Neoclásica equiparaba tasa de ganancia con tasa de retorno sobre la inversión (el equivalente a la TIR), pero, a juicio de Pasinetti, la existencia de la TIR presupone la existencia de una tasa de ganancia (que a su vez presupone la existencia de una cierta distribución de la renta). Por consiguiente, la tasa de ganancia quedaría inexplicada para la Escuela Neoclásica. Así lo ilustraba para el caso de una TIR uniperíodo:
CCC - Ecuación 11
Básicamente, lo que Pasinetti está diciendo es que la tasa de retorno (la TIR) depende de la relación entre el aumento de ingresos monetarios (aumento de la renta futura con respecto a una situación en la que no aumenta la inversión) y el incremento de la inversión necesario para lograrlo (aumento del valor del capital, contabilizando las pérdidas derivadas por inconvertibilidad). Pero para calcular esa tasa de retorno hay que asignar un precio a las rentas futuras y al capital… y esos precios son dependientes de la tasa de ganancias vigente en la sociedad. Así se pronuncia Pasinetti: “Cualquier sistema de precios depende de la distribución del producto neto entre salarios y beneficios, esto es, depende de la tasa de ganancia, cuya determinación sigue sin haberse especificado. Por tanto, esta segunda ratio de la tasa de retorno de Irving Fisher no es independiente de la tasa de ganancia. Por supuesto, esto no significa que sea un concepto vacío. Si estamos dispuestos a aceptar un mecanismo determinado (y arbitrario) de establecer una tasa general de ganancia, así como cuáles van a ser los precios bajo el sistema alfa y bajo el sistema beta, sí podríamos calcular esta tasa de retorno”. Donde Pasinetti ve un problema irresoluble (pretender explicar la tasa de ganancia a partir de la TIR cuando la TIR depende de la tasa de ganancia) uno simplemente debería ver una confusión y una codeterminación: lo que Pasinetti llama la tasa de ganancia es, en realidad, el wacc (el coste del capital, determinado por las preferencias intertemporales de los agentes) mientras que la TIR es la rentabilidad esperada de determinadas inversiones para las que se necesita contar con un capital cuyo coste recoge justamente el wacc. Del arbitraje dinámico entre TIR y wacc emergen, precisamente, los tipos de interés que observamos en los mercados (y las tasas salariales, que en equilibrio no son más que el valor de la producción futura actualizada al presente por el wacc).
Por consiguiente, la estrecha interrelación entre el valor del stock de capital y el tipo de interés (el Efecto Wicksell Precios) no supone problema alguno para aquellas escuelas que, como la Austriaca, no pretendían hacer depender el valor del stock de capital de la rentabilidad real del capital, sino de las preferencias intertemporales de los capitalistas (wacc). Evidentemente, el Efecto Wicksell Precios sí resultaba difícil de encajar para una Escuela Neoclásica que explicaba la existencia del interés por la productividad real del capital (haciendo depender el coste del capital del retorno del capital), quedando relativamente indefinido qué era capital y, por tanto, cuál era su productividad real.
Con todo, el reto que suponía el Efecto Wicksell Precios para la teoría neoclásica del capital era relativamente secundario. Los auténticos problemas venían de que la productividad real del capital (el Efecto Wicksell real) no tenía por qué ser una función monotónica de los tipos de interés (fenómeno del reswitching de técnicas), de manera que resultaba concebible que un mayor volumen de ahorro diera lugar, bajo ciertos supuestos, a una transición hacia estructuras productivas menos intensivas en capital (fenómeno conocido como reversión del capital). Es decir, a diferencia de lo que asumía la Escuela Neoclásica, la relación entre la demanda de inversión y el tipo de interés no tenía por qué ser negativa (no todo aumento del capital iba asociado menor tipo de interés por descensos en la productividad marginal). A diferencia de la existencia aislada del Efecto Wicksell Precios, estos dos problemas —el reswitching y la reversión del capital— sí afectaban aparentemente no sólo a la Escuela Neoclásica, sino también a la más rica y sólida teoría del capital y del interés de la Escuela Austriaca. De ahí que convenga analizarlos más de cerca.
Una visión realista del reswitching y de la reversión del capital
El reswitching de técnicas significa que una técnica a puede ser preferida sobre una técnica b tanto a tipos de interés más altos como a tipos de interés más bajos a aquellos otros tipos de interés intermedios a los que la técnica b se prefiere a la a. Definamos como definamos la intensividad de capital de la técnica a y de la técnica b (es decir, asumamos que a es más intensiva en capital que b o viceversa), la existencia del reswitching implica que no cabe considerar la intensividad de capital como una función monotónica del tipo de interés, es decir, que no siempre las rebajas de tipos de interés aumentarán la intensividad de capital (por tanto, si existe reswitching, habrá algún punto en el que tendremos reversión del capital).
Para ilustrar la existencia de paradojas del capital vamos a emplear el artículo A Summing Up de Paul Samuelson, donde el economista norteamericano utiliza dos ejemplos de reswitching: uno donde todo el capital es variable y otro donde todo el capital es fijo.
Comencemos con el primero: el caso de una economía sólo con capital circulante. En este ejemplo, asumamos que sólo disponemos de dos procesos productivos para fabricar cava. Los dos duran tres años, pero distribuyen a los trabajadores de un modo distinto a lo largo de los tres años: el primer proceso productivo (el a) dedica 0 trabajadores al primer período, 7 al segundo y 0 al tercero; el segundo proceso productivo (el b) dedica 2 trabajadores al primer período, 0 al segundo y 6 al tercero. Supongamos que el salario por trabajador es igual 1 um y el tipo de interés del 150%. En tal caso, el coste de producción del cava bajo la técnica productiva a es de 43,75 um, mientras que el coste con la técnica b es de 46,25. A un tipo de interés anual del 150%, pues, la técnica escogida sería a. Supongamos ahora que el tipo de interés cae al 75%: en ese supuesto, el coste de producción de la técnica a caería a 21,43 um y el de la técnica b a 21,21, de modo que la técnica b sería la escogida. Siguiendo a la Escuela Neoclásica, deberíamos concluir que la técnica b es más capital intensiva que la técnica a (pues es preferida a tipos de interés más bajos). Pero, ¿qué sucede cuando el tipo de interés cae adicionalmente al 10%? Que el coste de producir con la técnica a se reduce a 8,47 um y el de la técnica b a 9,26. Ahí tenemos un caso claro de reswitching: cuando los tipos de interés son superiores al 100%, la técnica a es preferible; cuando se ubican entre 50% y 100%, la técnica b es superior; cuando son inferiores al 50%, la técnica a vuelve a ser preferible. Si asumimos que la técnica “a” es más intensiva en capital que la “b”, la reducción de los tipos de interés desde 150% a 75% dará lugar a una reversión del capital.
Vayamos ahora con otro ejemplo acaso más claro: una economía con bienes de capital fijos. Supongamos que un individuo tiene la opción de escoger entre dos máquinas: la máquina a proporciona 18 um en el período 1, 0 en el período 2 y 54 en el período 3; la máquina b, en cambio, proporciona 0 um en el período 1, 63 en el período 2 y 0 en el período 3. ¿Cuál de las dos resulta más valiosa? Si calculamos el valor actual llegaremos a conclusiones análogas: cuando el tipo de interés es del 150%, el valor actual de la máquina a es de 10,6 um y el de la máquina b de 10,08; cuando cae al 75%, la máquina a tiene un valor actual de 20,36 um y la máquina b de 20,5; en cambio, cuando el tipo se reduce adicionalmente al 10%, el valor actual de la máquina a es de 56,93 um y el de la máquina b de 52. Por tanto, tenemos otro caso de reswitching: cuando los tipos son superiores al 100%, la máquina a es más valiosa que la b; cuando se ubican entre el 50% y el 100%, la máquina b es más valiosa que la a; y cuando se hallan por debajo del 10%, la máquina a vuelve a tener un valor actual superior al de b. Dado que la máquina “a” es más productiva que la “b”, la reducción de tipos desde el 150% al 75% implica reversión del capital.
En definitiva, y como decíamos, costes de capital más bajos no siempre implican técnicas productivas más intensivas en capital. Se trata de una paradoja del capital que constituye, en apariencia, un misil contra la línea de flotación no sólo de la Escuela Neoclásica, sino también de la Escuela Austriaca, la cual sostiene que tipos de interés menores siempre acarrean estructuras más intensivas en capital. ¿Acaso la Escuela de Cambridge destroza uno de los componentes básicos de la teoría económica austriaca?
Lo primero que debemos tener claro es que, baja las condiciones de partida anteriores, el reswitching y la reversión de capital no implican ninguna descoordinación económica, sino que son el único mecanismo que permite garantizar la coordinación económica. Supongamos que estamos ante una economía agraria de austosubsistencia donde un agricultor debe escoger entre dos cursos de acción (igual de costosos desde su punto de vista): el curso A le proporciona 18 toneladas de trigo en el período 1, 0 en el período 2 y 54 en el período 3; el curso B sólo le proporciona 63 toneladas en el segundo período, teniendo que dejar la tierra en barbecho durante el tercero (las cifras son calcadas al ejemplo de bienes de capital fijo de Samuelson). ¿Cuál de las dos opciones es más apetecible? Asumiendo que ambas inversiones tienen el mismo riesgo, la única diferencia vendrá dada por el diferente perfil temporal en el que se recibirán los flujos futuros de bienes, esto es, por la preferencia temporal del agente. Si tomamos los tipos de interés como expresiones de la intensidad de la preferencia temporal del sujeto, podríamos alcanzar conclusiones similares a las anteriores: a tipos de interés superiores al 100% (cuando la preferencia temporal es extremadamente alta), el curso A es preferido; con tipos entre el 50% y el 100% (cuando la preferencia temporal es medianamente alta), el curso B es el preferido y con tipos inferiores al 50% (preferencia temporal bastante más baja), el curso A vuelve a ser preferido por el agente. En apariencia se trata de un resultado contradictorio y descoordinador… pero no lo es.
Unos tipos superiores al 100% indican que el sujeto sólo valora el presente más inmediato. Por ejemplo, a unos tipos del 500%, el valor de las 18 toneladas de trigo recibidas al final del primer año equivalen a solo 3 toneladas presentes y el de las 54 toneladas recibidas al cabo de tres años, a tan sólo 0,25. Por el contrario, las 63 toneladas recibidas en el segundo período (dentro del curso B), tienen el mismo valor que 1,75 toneladas actuales. Por tanto, con tipos muy altos, aquellos cursos de acción que reciben una parte —aunque sea pequeña— del producto total lo más pronto posible, son los que terminan siendo preferidos. Fijémonos que a tipos de interés muy altos, la existencia de remuneraciones en períodos muy tardíos resulta irrelevante: aunque el período 2 arrojara un resultado de mil millones de toneladas en el año 20, el agente seguiría prefiriendo el curso A (el valor presente de 1.000 millones de toneladas dentro de 20 años a un tipo anual del 500% es prácticamente cero).
Vayamos ahora al caso opuesto: tipos de interés del 0%. En tal caso, cualquier bien futuro es igual de valioso que un bien presente, de modo que tenderán a prevalecer aquellos cursos de acción cuyas rentas son percibidas en cualquier momento del tiempo, por muy alejado que este se encuentre. Así, dado que el curso A arroja 63 toneladas a lo largo de toda la vida del proceso y el B sólo 54, por necesidad se preferirá el A. Pero si el curso B aportara 10 toneladas dentro de 200 años, sería el preferido. Por tanto, a tipos de interés muy bajos, apenas hay preferencia por el presente, de modo que se elegirá aquel curso que maximice el resultado total, con independencia del momento en que se obtenga ese resultado.
Pero, ¿qué sucede a tipos más intermedios? Pues que ni priman necesariamente las rentas percibidas más a corto plazo ni las más a largo plazo (ni se sobrevalora el presente ni se sobrevalora el futuro),  de ahí que puedan resultar preferibles aquellos cursos de acción cuyas rentas se concentran en períodos intermedios (curso B).
Otro ejemplo más extremo de reswitching puede ser el siguiente: supongamos dos cursos de acción. Uno (el A) redunda en una renta de 100 um al final del año 1 y de 160 al final del año 50; otro (el B) redunda en una renta de 250 um al final del año 2. A tipos muy altos (500%, por ejemplo), el valor del curso A será superior al B, porque de facto el individuo sólo valora los acontecimientos que sucedan el año próximo (no hay visión a más plazo, ni siquiera a dos años vista); a tipos normales (5%, por ejemplo), el curso B es superior al A; pero a tipos extremadamente bajos (0,00001%, por ejemplo), el A vuelve a ser superior, ya que las rentas percibidas en el año 50 pasan a valorarse tanto como las recibidas en el año 1 o 2.
En definitiva, es un error analizar la renta futura derivada de un curso de acción sin corregir el valor de esa renta por las preferencias intertemporales del agente. Y una vez lo hacemos, no tiene por qué existir una relación monotónica entre tipos de interés y estructuras productivas, ya que el valor de cada curso de acción dependerá de la relación existente entre las preferencias intertemporales subjetivas y la distribución temporal de las rentas. Lo deseable, de hecho, es que cuando abandonamos el caso de los cursos individuales de acción dentro de una economía de autosubsistencia y pasamos a un orden social más amplio asentado sobre la división del trabajo (sistema capitalista), la estructura productiva del conjunto de la economía se adapte a las preferencias intertemporales del mismo modo en que se adaptaban los cursos individuales de acción.
Nada de paradójico o descoordinador hay en este resultado: simplemente, en la elección cerrada entre esas dos estructuras productivas, la estructura productiva que maximice el valor presente ante preferencias temporales muy altas puede ser la misma que aquella que maximice el valor presente ante preferencias temporales muy bajas. Y siendo así, existiendo sólo dos estructuras productivas con los perfiles productivos anteriores, habrá que escoger entre ambas según cuál sea el medio óptimo para proporcionarnos más renta a corto plazo o más renta a largo plazo.
Otra forma de llegar al mismo resultado es a través del primer ejemplo de Samuelson: en lugar de asumir que se reciben distintas renta en diferentes momentos del tiempo, se asume que, con tal de recibir una renta dada en un momento futuro dado, hemos de efectuar desembolsos (renuncia a bienes futuros) en distintos momentos del tiempo. El caso es simétrico: el coste temporal de renunciar antes o después a ciertos bienes futuros varía con la preferencia temporal. No es lo mismo que la mayor parte de los costes se den en el corto plazo que debamos soportarlos en el largo plazo, y por tanto las técnicas productivas que tengan distintos perfiles de desembolsos podrían ir intercalándose según variara la preferencia temporal.
Si a todo esto le queremos llamar reswitching generador de reversiones del capital, bien está, pero en el fondo sólo indica que, cuando la preferencia temporal es muy alta, se escoge aquella estructura —de entre las disponibles— que dispone de relativamente más rentas en el corto plazo o relativamente menos desembolsos en el largo plazo (con independencia de si esas estructuras tienen otras rentas u otros desembolsos en largo plazo) y que cuando la preferencia temporal es muy baja, se escoge aquella otra estructura —de entre las disponibles— que dispone de relativamente más rentas en el largo plazo o menos desembolsos en el largo plazo (con independencia de si tiene otras rentas o desembolsos de menor a corto plazo o no). Entendiendo el tipo de interés como una medición de la productividad marginal del equipo físico de capital, uno podría considerar paradójico que una misma estructura de capital pueda ser a la vez más productiva y menos productiva que otra estructura de capital (pues sus propiedades técnicas son las mismas): en tal caso, parecería que el tipo de interés no pueda depender únicamente de la acumulación de capital, sino de otras circunstancias (como la distribución de la renta, según la Escuela de Cambridge). Ahora bien, si uno entiende el tipo de interés (el wacc) como un selector de flujos futuros de renta según las preferencias temporales y las aversiones al riesgo de los ahorradores, no es en absoluto paradójico que dos estructuras puedan ser alternativamente escogidas (según el perfil de sus flujos futuros de caja) a tipos de interés diferentes; especialmente si, como decíamos, el número de estructuras productivas es muy reducidas (esto es, si contamos con un menú de opciones cerrado para modificar y ajustar el perfil temporal de la percepción de renta futura a la preferencia temporal).
De hecho, la mejor forma de entender los resultados aparentemente paradójicos del reswitching y la reversión del capital es destapando las hipótesis sobre las que se construye esa presunta paradoja.
La primera de ellas se refiere al lado de la inversión: se asume que el número de técnicas disponibles en las que inmovilizar el capital es muy reducido (es decir, que los perfiles de rentas futuras entre los que escoger están limitados). Si existe flexibilidad a la hora de escoger técnicas productivas (esto es, a la hora de escoger indirectamente el perfil de los flujos de renta futuros), no debería haber reswitching ni reversión del capital: cada cambio en la preferencia temporal iría asociado a una estructura productiva distinta con perfiles de flujos de caja futuros diferentes; a preferencias temporales más altas, prevalecerán aquellas estructuras productivas que mayores rentas tengan concentradas en el muy corto plazo; a preferencias temporales más bajas, prevalecerán aquellas estructuras productivas que mayores rentas vayan concentrando en el muy largo plazo. En un mundo con economías capitalistas, donde la estructura agregada de producción no está dada para un número cerrado y conocido de técnicas, sino que depende de los muy variopintos planes empresariales que puedan crearse dentro de una amplísima y creciente división y especialización del trabajo, cabe pensar que el número de planes empresariales con perfiles temporales (y de riesgo) muy diferentes es, a efectos prácticos, virtualmente infinita.
De hecho, la postura original de Böhm-Bawerk no era que existiera un automatismo entre variaciones de los tipos de interés y alargamiento de la estructura productiva, sino que tipos de interés más bajos permitían alargamientos de la estructura que incrementaran la productividad de la economía. Es decir, que tipos de interés más bajos aumentaban el espectro de técnicas productivas a disposición del capitalista (pues éste aceptaba emprender proyectos con flujos de caja más alejados en el tiempo), entre las que podían encontrarse técnicas más productivas que las existentes:

La ventaja de adoptar métodos capitalistas de producción consiste en la mayor productividad técnica de esos métodos. Con un mismo gasto en factores originarios de producción (esto es, trabajo y recursos naturales), se pueden producir más y mejores bienes a través de procesos capitalistas inteligentemente seleccionados que aquellos que podrían fabricarse con producción directa y sin capital.

La segunda hipótesis se refiere al lado del ahorrador: se asume que el valor para el ahorrador de todos los períodos temporales futuros es idéntico y, por tanto, que la selección de una estructura de capital o de otra depende exclusivamente del monto absoluto de sus flujos de caja futuros (de su productividad técnica). Esta hipótesis tiene dos derivadas a cada cual más engañosa.
La primera implicación es que los cambios en la preferencia temporal deben darse simultáneamente en toda la estructura temporal: se parte de la base de que el tipo de interés es el mismo en todos los períodos (la curva de tipos de interés es plana y sólo puede seguir siendo plana) y, por tanto, no se contempla la posibilidad de cambios parciales en la preferencia temporal. La ventaja de estudiar cambios parciales en la curva de tipos de interés es que, en tal caso, la relación entre tipos de interés y demanda de capital sí se vuelve negativa: si la preferencia temporal a un año baja y el resto de preferencias temporales se mantiene constantes, ciertamente la estructura productiva a un año se volverá más capital intensiva (esto es, se usará más capital exclusivamente en ese período). Lejos de analizar la influencia que los cambios específicos en la preferencia temporal tienen sobre algunos plazos de inversión, la Escuela de Cambridge se limita a estudiar cómo los cambios en todos los precios relativos de los distintos períodos temporales impactan sobre el conjunto de la estructura productiva. A efectos prácticos sería como intentar estudiar la ley de la demanda de un bien (qué hace la demanda de un bien ante cambios de su precio) asumiendo que todos los precios de mercado varían. Como explica Nick Rowe:

La curva de demanda de inversión sí tiene pendiente negativa cuando se la relaciona con el tipo de interés del período 1, manteniendo constantes todos los otros tipos de interés de períodos futuros. El reswitching es irrelevante para analizar este asunto. Lo que le suceda a la inversión actual si toda la curva de tipos de interés se reduce equiproporcionalmente es una cuestión totalmente distinta a la anterior. “El futuro” no es un solo periodo, como “la comida” no es un único bien. La inversión presente puede ser sustitutiva o complementaria de la inversión futura.

Nótese que los partidarios de la Escuela de Cambridge no han logrado dar una respuesta sólida a esta crítica. Matías Vernengo, por ejemplo, insiste en que, por necesidad, el equilibrio intertemporal requiere de un tipo de interés uniforme en todos los períodos, cuando ello no es así: si el coste de oportunidad intertemporal (el wacc) es distinto en cada período (curva de rendimientos no aplanada), no tiene por qué darse arbitraje entre tipos de interés de distintos períodos.
La segunda implicación es todavía más seria: presupone que todos los períodos temporales —y por tanto todos los flujos de caja— son directamente comparables entre sí. Es decir, para la Escuela de Cambridge y la Neoclásica, una estructura productiva con unas determinadas características técnicas siempre será, desde un punto de vista económico, la misma estructura productiva para el ahorrador que la financie con independencia de cuál sea su preferencia temporal: pero, para el ahorrador, una estructura productiva no es más que un medio para acceder a diferentes corrientes de rentas futuras, de modo que en tanto los cambios en el valor del tiempo también modifican el valor de esas rentas futuras, la consideración de una misma estructura productiva ante distintas preferencias temporales también cambiará por necesidad. No darse cuenta de esto es lo que permite a los teóricos neoclásicos y de Cambridge sorprenderse de que una misma estructura productiva física sea la óptima a distintos rangos de tipos de interés, cuando en realidad no es la misma desde un punto de vista económico: neoclásicos y teóricos de Cambridge no están teniendo en cuenta que la utilidad intertemporal de las rentas futuras recibidas (el coste de oportunidad intertemporal de los recursos empleados) cambia endógenamente con el tipo de interés. En otras palabras, desde una perspectiva económica el beneficio actual neto de cada estructura productiva se modifica con los cambios en la preferencia temporal y en la aversión al riesgo; es como si los costes o los precios de cada factor cambiaran de un modo distinto y estuviéramos, por tanto, ante otra estructura productiva. Éste es, justamente, el argumento que emplea Leland Yeager contra el reswitching y la reversión de capital:

Cuando el tipo de interés da lugar a un cambio aparentemente perverso en la técnica que es menos capital intensiva por algún criterio físico, la explicación que cabe dar es que la reducción del tipo de interés, aunque minora la intensidad de la espera de ambas técnicas, la reduce de manera diferente en cada una, provocando una reducción mayor en el coste total de producción de la técnica adoptada.

De nuevo, los herederos modernos de los teóricos de Cambridge no han sido capaces de responder a esta crítica. Robert Vienneau afirma que: “En el caso de la reversión de capital, la técnica que minimiza los costes a tipos de interés más altos puede arrojar rentas por persona y año superiores [a la técnica escogida a menores tipos de interés], definiendo la producción neta, el trabajo y los recursos empleados en términos físicos. Todos los contoneos de Yeager con el “tiempo de espera” no son capaces de corregir los problemas de la visión austriaca”. O, en otro lugar: “Yeager reconoce que no ha sido capaz de solventar el problema de las reversiones perversas de capital. En teoría, un tipo de interés más bajo está asociado con una técnica productiva que incorpore más tiempo de espera. Sin embargo, alrededor de cada punto de inflexión, un tipo de interés más bajo puede asociarse con la adopción de una técnica que proporcione un menor consumo por trabajador. ¿Cómo puede ser esto? Si los trabajadores trabajan con más tiempo —y si el tiempo es un factor de producción—, ¿no deberían lograr más producción total?”. Aunque luego regresaremos sobre este punto, el error básico de Vienneau es olvidarse justamente de lo que dice Yeager: una técnica productiva no maximiza el valor atemporal de la producción, sino el valor presente de la producción futura: el monto agregado de un flujo de renta futuro no descontado puede ser inferior al monto agregado de otro flujo de renta futuro no descontado, pero si su valor descontado al presente es mayor deberá ser el adoptado aun cuando, presuntamente, implique un menor consumo medio por trabajador y año.
En definitiva, el reswitching y la reversión del capital no socavan la relación tradicional entre tipos de interés e intensividad de capital. Una rebaja de los distintos wacc en los diferentes períodos temporales permite efectuar un uso más intensivo y extensivo del tiempo: intensivo porque permite concentrar una mayor cantidad de factores productivos a un plazo temporal determinado, y extensivo porque permite usarlos durante períodos más prolongados. En este sentido, la estructura productiva escogida será aquella que permita maximizar los beneficios intertemporales de la acción, considerando la distinta utilidad intertemporal de las rentas y el distinto coste de oportunidad intertemporal del uso de los factores.
Que ante variaciones equiproporcionales de todos los tipos de interés y ante la existencia de un número muy reducido de estructuras productivas pueda suceder que una organización de los recursos determinada se vuelva óptima ante valoraciones del tiempo muy divergentes no es ninguna paradoja que violente la relación entre preferencias temporales, tipos de interés e intensividad en el uso del capital. A resultados similares podemos llegar sin necesidad de incorporar el factor tiempo. Por ejemplo, supongamos dos tipos de helados: uno (helado A) tiene 700 gramos de fresa, 20 de plátano y 40 de kiwi; el otro (helado B), 750 gramos de fresa, 50 de plátano y 50 de kiwi. Imaginemos, además, que para el consumidor la utilidad de los distintos sabores es la siguiente: utilidad de cada gramo de fresa (CCC - Ecuación 12), utilidad de cada gramo de plátano (CCC - Ecuación 13), utilidad de cada gramo de kiwi (CCC - Ecuación 14), de modo que la utilidad total del helado A es CCC - Ecuación 15, mientras que la del helado B es CCC - Ecuación 16. En este caso, estamos ligando la utilidad de los tres sabores (de un modo similar a como ligamos indefectiblemente la utilidad de cada período temporal cuando asumimos que la curva de rendimientos es plana).
¿Qué sucede cuando U=0,5? La utilidad total del helado A es de 160 y la del helado B de 156,25; por tanto, el agente escoge el helado A. ¿Qué sucede cuando U=1? La utilidad total del helado A cae a 640 y la del helado B a 650; por tanto, el agente elige el helado B. ¿Qué sucede cuando U=10? Que la utilidad total del helado A aumenta a 29.800 y la del helado B a 24.500; por tanto, el agente prefiere el helado A. Tenemos, pues, un reswitching y una “reversión de fresa” entre los helados A y B: aunque la utilidad de la fresa aumenta desde CCC - Ecuación 17 a CCC - Ecuación 18, el helado que se escoge no es el que tiene más componente de fresa, sino el que tiene menos (que, paradójicamente, también es el elegido cuando CCC - Ecuación 17 cae a CCC - Ecuación 19). Uno podría concluir a partir de estos resultados que es falso que el agente prefiera consumir helados más “intensivos en fresa” cuanto mayor sea su utilidad que derive de la fresa (o que es falso que prefiera consumir helados menos intensivos en kiwi cuanto mayor sea su desutilidad por el kiwi) y podría sostener que la mayor demanda de fresa no se explica por la mayor utilidad de la fresa. Pero si lo hiciera, evidentemente estaría siendo tramposo.
El resultado anterior se explica por tres razones: una, la hipótesis de que la utilidad de los tres sabores está funcionalmente ligada (no es posible que la utilidad de la fresa aumente sin que lo haga la desutilidad de los otros sabores); dos, el menú cerrado de opciones (helado A o helado B, no hay otros helados de, por ejemplo, sólo fresa, hacia los que uno pueda refugiarse conforme aumente la utilidad de la fresa); tres, la incapacidad para distinguir entre el efecto parcial de un cambio en la utilidad de la fresa (tendencia a consumir el helado más intensivo en fresa) del efecto agregado de un cambio simultáneo (ex hypothesi) en la utilidad de la frase y en la desutilidad de los otros dos sabores.
Aplicado este ejemplo al reswitching de técnicas y la reversión de capital, éste se da porque: primero, partimos de la hipótesis de que la utilidad de todos los períodos temporales está funcionalmente ligada (en concreto, mediante un aplanamiento de la curva); segundo, existe un menú cerrado de técnicas productivas; tercero, nos negamos a distinguir entre el efecto parcial de un cambio en el tipo de interés (en la preferencia temporal) del efecto agregado de un cambio simultáneo en todas las utilidades y costes de oportunidad intertemporales. No hay mucho más detrás de la paradoja del reswitching y de la reversión del capital.
Los tipos de interés como coordinadores intertemporales
Una cosa es comprender que las paradojas del capital no son tales paradojas, sino que tienen una explicación económica dentro del subjetivismo y otra aceptar la bondad de sus implicaciones más profundas. A la postre, muchos de los resultados a que dan lugar las paradojas del capital parecen verdaderamente negativos: en concreto, las paradojas del capital socavan la función coordinadora de los tipos de interés, en la medida en que los convierten ora en innecesarios, ora en nocivos.
¿Cuándo son innecesarios los tipos de interés? Si una misma técnica es escogida a dos intervalos distintos de tipos de interés, la justificación de que los tipos se ubiquen en el intervalo más elevado parece ser inexistente. Tomemos el ejemplo de la fabricación de cava de Samuelson: cuando los tipos de interés son del 150%, se adoptaba el plan de negocios (a) donde 7 trabajadores producían una unidad del producto final; cuando el tipo caía al 75%, se adoptaba el plan (b) donde 8 trabajadores producían una unidad; y cuando caía al 10%, se volvía a adoptar el plan (a) donde 7 trabajadores producían una unidad. Esto significaba que a tipos de interés del 150%, los trabajadores se quedaban con el equivalente a 7 unidades monetarias de 43,75 sobre el producto final (el 16% del producto total). Pero es que si los tipos cayeran al 5%, la estructura productiva (y la cantidad de producción final) sería la misma, mientras que los trabajadores se quedarían con el equivalente a 7 unidades monetarias de un total de 7,7 (el 91% del producto final). Es más, si los tipos cayeran al 0%, los trabajadores se quedarían con la totalidad del producto final. Como dice Samuelson: “una reducción de la tasa de ganancia desde el 200% al 5% sólo reduce lo que un crítico podría denominar ‘el grado de explotación del trabajo’”. En apariencia, pues, no hay razón para que los capitalistas perciban rendimientos del 150% o del 200% en lugar del 5% o del 0%.
¿Cuándo son nocivos? Justamente, cuando los movimientos de los tipos de interés dan lugar a una reversión del capital que reduzca el consumo futuro. Por ejemplo, en el modelo de los bienes de capital duradero de Samuelson, a tipos del 150%, se escogía la máquina A, cuya producción total era de 72 unidades de mercancía; si, en cambio, el tipo de interés caía al 75%, se escogía la máquina B, con una producción total de 63. Por tanto, la reducción del tipo de interés derivada de un aumento del ahorro reduce la productividad total de la economía: no es cierto que menos consumo presente (más ahorro) se traslade en más consumo futuro. Incluso Yeager, tan hábil a la hora de explicar los motivos por los que no cabe tildar de paradójicas al reswitching y a la reversión del capital, se confiesa —como ya vimos por la boca de Vienneau— incapaz de resolver plenamente esta “paradoja del consumo”.
Ciertamente, uno estaría tentado a concluir que redistribuciones “inteligentes” de la renta podrían, bajo ciertos escenarios, beneficiar a todas las partes o, al menos, beneficiar a los trabajadores sin contrapartidas negativas (convirtiéndose los capitalistas en meros parásitos de su trabajo). En el primer ejemplo, uno puede reducir coactivamente desde 150% al 5% el tipo de interés (es decir, elevar la tasa salarial) sin que se genere desempleo y sin que se desplome la producción total: lo único que cambia es que los trabajadores se quedan con una mayor porción del producto total. En el segundo ejemplo, uno podría reducir los tipos de interés desde el 75% al 45% (es decir, elevar la tasa salarial) incluso beneficiando a todas las partes (pues el producto total se incrementa). En suma, aparentemente en algunos casos caracterizados por alteraciones equiproporcionales de la preferencia temporal y por una disponibilidad de técnicas productivas muy escasa, el control de las tasas de ganancia y de las tasas salariales podría ser beneficiosa. Poco importa que esas situaciones puedan presentarse de manera muy excepcional: lo único cierto es que podrían presentarse y, en tal caso, justificar las bondades de la intervención estatal.
Llegados a este punto, debería ser evidente por qué el control de los tipos de interés, incluso en las circunstancias más favorables para su justificación, resultará contraproducente para todas las partes implicadas. El motivo de fondo es la confusión entre la tasa de ganancia (TIR) y la tasa mínima de ganancia que el capitalista exige para ahorrar e invertir su capital (wacc). Cuando existen tasas de ganancia superior a la mínima exigida por período temporal (TIR>wacc) uno podría, bajo ciertas condiciones, reducirla sin que ello acarrea consecuencias adversas sobre la acumulación de capital (aunque sí sobre la competencia y la innovación empresarial), pero cuando la tasa de ganancias se halla en equilibrio (es decir, TIR=wacc), toda reducción de la misma se hará a costa de la acumulación de capital.
Así las cosas, si el wacc fuera del 150%, una reducción de la tasa de ganancia al 5% no induciría al capitalista a seguir adelantando capital a los trabajadores en las mismas condiciones, sino a dejar de adelantarlo en su totalidad (sobre todo si no existen proyectos alternativos muy poco capital intensivos en los que se contente con una rentabilidad del 5%). No en vano, que el coste del capital se ubique en el 150% significa que no hay ahorradores dispuestos a extender capital por un rendimiento inferior al 150%: si los hubiera, el tipo de interés sería inferior al 150% desde un comienzo. Llevemos el caso al extremo: a tipos del 0% y con un wacc del 150%, es obvio que nadie ahorraría. ¿Podría mantenerse una estructura productiva basada en un adelanto de capital a siete trabajadores a comienzos del segundo año a cambio de que, al finalizar el tercer año, se produzca una determinada cantidad de botellas de cava? Si los capitalistas no ahorran, la única manera de lograrlo sería que los trabajadores aceptaran posponer su consumo (ahorrar) hasta finalizar el tercer período. Pero evidentemente los trabajadores no están dispuestos a posponer su consumo hasta finalizar el tercer año, porque, si lo estuvieran, el tipo de interés anual no habría alcanzado en un mercado libro la tasa del 150%: los trabajadores se habrían asociado de manera cooperativa para apropiarse de la totalidad de la producción sin asignarle porción alguna al capitalista.
Lo mismo cabe señalar con respecto a la rebaja del tipo de interés desde el 75% al 45%. Recordemos que con una preferencia temporal equivalente a un tipo de interés anual del 75%, el capitalista prefiere construir aquella máquina (la B) que le proporciona un flujo de renta de 0-63-0, mientras que al 45% opta por la máquina A que le proporciona 18-0-54. Incluso asumiendo que no existen trabajadores y que se trata de una elección de carácter personal, aparentemente el capitalista sale ganando si el gobierno le obliga a escoger la máquina A que arroja una producción total de 72 frente a la que arroja una producción total de 63. ¿Acaso no saldría ganando maximizando la producción total? Pues no y por el motivo ya apuntado: el valor de los distintos flujos de renta a lo largo del tiempo no es el mismo. El capitalista posee una cierta preferencia temporal (y aversión al riesgo) que modifica la valoración de los distintos flujos de renta futuros. Podemos verlo con más claridad si reescribimos el valor de los flujos de renta descontados a la preferencia temporal del capitalista: 0-20,5-0 (máquina B) frene a 10,2-0-10,07 (máquina A). Una vez corrigiendo los flujos de caja por su valor intertemporal, ¿cuál de las dos maquinarias maximiza la utilidad presente del capitalista? La máquina B. Sólo asumiendo que el capitalista es mucho más impaciente (o mucho más paciente) de lo que realmente es —es decir, sólo alterando el valor de sus preferencias intertemporales— tendría sentido que prefiriera la máquina A: si se le obliga a escoger la A frente a la B con sus actuales preferencias intertemporales, se le obligará a retrasar excesivamente su consumo (se le obligará a tan sólo consumir 18 unidades durante los dos primeros años, posponiendo el consumo de otras 45, a cambio de aumentar en 54 unidades su consumo al final del tercer período). Sería, pues, un caso de indeseable ahorro forzoso.
En definitiva, las paradojas del capital no dan lugar a resultados descoordinantes socialmente. Los tipos de interés, como expresión de las preferencias temporales y aversiones al riesgo marginales de una sociedad, sin el precio que permite, en cualquier circunstancia, alcanzar acuerdos mutuamente beneficiosos y coordinadores entre todas las partes implicadas. Las aparentes paradojas del capital no sólo son perfectamente explicables dentro de un marco marginalista a fuer de subjetivista, sino que sus resultados son absolutamente convenientes.
Conclusión: la revolución subjetivista intertemporal
Las paradojas del capital son una auténtica piedra de toque para aquellas narrativas marginalistas que pretenden explicar un precio —el tipo de interés— por condiciones técnicas y objetivas. La revolución marginalista lo fue en tanto revolución subjetivista: los precios pasaron a explicarse a partir de las utilidades marginales de los sujetos y no de las condiciones técnicas de producción. La idea de que el tipo de interés puede suponer una excepción a este principio y de que, por tanto, éste ha de ser el resultado de la productividad marginal de una función agregada de producción fue el error de partida de la Escuela Neoclásica y el flanco descubierto que le dejaron a la Escuela de Cambridge para derrotarles en la Controversia del Capital. Como dijo Luigi Pasinetti: “La idea [de la Escuela Neoclásica] era que (…) existe algo que ellos llaman ‘tasa de retorno’ que puede definirse independientemente de la tasa de ganancia y cuya magnitud depende de la ‘cantidad de capital’ en existencia’; y en tanto dependía de la cantidad de capital en existencia, podía decirse que representaba una propiedad general técnica de esa cantidad de capital. Eso era lo que ellos pensaban que podía justificar y explicar la tasa de ganancia. Esa es la idea que hemos demostrado ilusoria ya que, en general, no existe”. Y, ciertamente, no podía existir como todo buen subjetivista sabe.
Pero el motivo por el que no podía existir es el mismo por el que no cabe hablar de precios determinados independientemente de las utilidades marginales: porque todo sistema productivo es el resultado de cierta ordenación de preferencias, incluyendo los intercambios voluntarios que dan lugar a los precios observados. Aplicándolo a los intercambios intertemporales, no puede asumirse que el tipo de interés depende de las condiciones técnicas del sistema productivo y que podemos calcularlo como la productividad marginal de un stock de capital que agregue en valor monetario a toda la masa heterogénea de bienes de capital: pues para poder definir el stock de capital necesitamos presuponer un tipo de interés.
Pero que el stock de capital no pueda explicar el tipo de interés no significa que deba abandonarse la perspectiva marginalista —que erróneamente supuso la Escuela de Cambridge—. Simplemente significa que no es la productividad marginal de una función agregada de producción la que explica el interés: pero el interés sí puede explicarse a partir de la utilidad marginal de los distintos períodos temporales. Es esa utilidad temporal la que da lugar a costes de oportunidad intertemporales (wacc) que son los que ya permiten definir un stock de capital como valor presente de la renta neta futura esperada. Es dentro de ese marco, además, donde la TIR (como concepto diferente al wacc) cobra sentido: siempre que aparezca un desequilibrio (posibilidades de mejorar la coordinación de los planes de los agentes) podrá destinarse parte del capital existente (definido en función del wacc) a usos que proporcionarán rentabilidades superiores al mínimo exigido por los ahorradores (esto es, habrá rentabilidades extraordinarias que se extinguirán cuando desaparezca el valor intertemporal extraordinario generado por un agente).
En suma, lejos de dar un paso atrás en el marginalismo, tal como pretende la Escuela de Cambridge, la solución de las aparentes paradojas del capital pasa por dar un paso hacia adelante: hacia el marginalismo subjetivista (el de la Escuela Austriaca). Es esta perspectiva la que permite ampliar la idea de intercambios coordinadores y mutuamente beneficiosos (armonía de intereses) no sólo a los intercambios intratemporales (spot o al contado) sino a los intercambios intertemporales (diferidos o aplazados).
Así pues, uno puede sustituir las parábolas del capital de Clark con las que abríamos este artículo con las parábolas del capital de Menger-Böhm Bawerk: el capital no es un factor productivo, sino el valor actual de las rentas futuras que son capaces de generar un conjunto de factores productivos organizados con el propósito de generar bienes útiles para los consumidores; el descuento de esas rentas futuras vendrá dado por la preferencia temporal y de la aversión al riesgo en los distintos intercambios diferidos, siendo el tipo de interés la diferencia entre el valor futuro y el presente de esas rentas; el reparto de la producción entre los distintos factores productivos se explica por su contribución relativa a esa generación de renta futura (sólo en ese sentido podemos hablar de productividad marginal), incluyendo en esa contribución el tiempo de espera y la asunción de riesgos del plan de negocios (remuneración para el capitalista qua capitalista) y la creación de valor extraordinaria sobre planes de negocio alternativos (remuneración para el empresario qua empresario).
Es verdad que, incluso dentro del marginalismo subjetivista de la Escuela Austriaca, pueden darse, bajo ciertas condiciones muy restrictivas, las aparentes paradojas del capital del reswitching y de la reversión del capital. Pero conviene recordar que tales paradojas sólo son paradojas para el marginalismo objetivista. Una vez incorporamos el valor subjetivos de los distintos períodos temporales, la reversión del capital deja de ser una reversión subjetiva del capital, en tanto en cuanto no es una versión que descoordine los planes de los agentes económicos: al contrario, dentro de las restrictivas condiciones que se plantean, la reversión del capital es la forma de maximizar la utilidad intertemporal de los agentes económicos. La narrativa austriaca básica en torno a la relación entre la disposición temporal de los recursos y los tipos de interés sigue intacta: una minoración de la preferencia temporal o de la aversión al riesgo para determinados períodos o determinados riesgos inducirá al ahorrador marginal a destinar una mayor parte de sus recursos a generar valor dentro de esos plazos y niveles de riesgo. Semejante proceso dará ciertamente lugar a Efectos Wicksell Reales y Efectos Wicksell Precio que modificarán endógenamente la magnitud del capital, pero esto es irrelevante: no es el capital lo que da forma al tipo de interés (productividad marginal del capital), sino que es el tipo de interés —las preferencias intertemporales de los agentes— lo que da forma al capital. Dicho de otro modo, que pueda haber problemas a la hora de medir y comparar las intensividades agregadas de capital entre dos sistemas económicos no significa que un sistema económico con preferencias temporales y aversiones al riesgo menores no tienda a destinar sus factores productivos a proyectos empresariales que proporcionan los retornos a más largo plazo y de un modo más incierto (la única salvedad que cabría efectuar a este respecto es que un sistema económico podría tener muy baja preferencia temporal y muy baja aversión al riesgo y, sin embargo, concentrar la totalidad de sus factores productivos en procesos a muy corto plazo y muy seguros… si es que sus empresarios son incapaces de descubrir planes empresariales cuyas rentas futuras sean mayores tras incorporar más tiempo o asumir más riesgo; de ahí que la comparabilidad de la intensividad de capital entre sistemas económicos sea por necesidad incompleta).
Los neorricardianos y postkeynesianos agrupados en torno a la Escuela de Cambridge pretendieron contrarrestar la revolución marginalista a fuer de subjetivista tanto en los intercambios intratemporales como en los intercambios intertemporales. Fracasaron en ambos aunque, al haberse enfrentado a una Escuela —la Neoclásica— que no había asumido enteramente el contenido de esa revolución marginalista a fuer de subjetivista, se generó la apariencia de que triunfaron en esta última sede. No lo hicieron y esperamos que este artículo haya servido para acreditarlo.

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