Vox, enemigo del pluralismo político

Vox es una coalición de derechas heterogéneas: entre sus filas, cabe encontrar a conservadores clásicos, neoconservadores, tradicionalistas, filoliberales o alt-righters. Lo que une a semejante batiburrillo ideológico es, por un lado, su amor a España y, por otro, su oposición a la izquierda política y social (lo que se ha denominado vagamente “marxismo cultural”). En un grado moderado, ni el amor a España ni la oposición a la izquierda tienen por qué resultar especialmente dañinos para nuestras libertades: una concepción no identitaria de España —como Estado de Derecho integrador de la diversidad cultural— y una lucha contra las políticas intervencionistas de la izquierda podrían, desde luego, contribuir a ampliar nuestro marco actual de libertades.

Acaso por ello haya habido personas bienintencionadas que pensaran que Vox podía contribuir a incrementar marginalmente las libertades dentro de nuestro país: no porque el partido no contenga militantes y dirigentes que sientan alergia hacia las libertades individuales (sobre todo en la esfera no económica), sino por la esperanza de que se terminara imponiendo una interpretación templada de los pilares ideológicos del partido —el amor a España y la oposición a la izquierda— en lugar de una versión fanatizada y exacerbada: a saber, que triunfarían el patriotismo cívico y un cierto liberal-conservadurismo frente el nacionalismo identitario y el autoritarismo anti-izquierdista.

Personalmente, nunca fui demasiado optimista con la deriva que fuere a adoptar el partido. Si a sus claros elementos antiliberales —claramente reflejados en muchos de los puntos de las famosas “100 medidas para la España viva”— le añadimos que, en general, los partidos políticos no evolucionan hacia el liberalismo sino que degeneran hacia el estatismo, se entenderá mi natural escepticismo hacia lo que pudiera llegar a significar Vox en el panorama político nacional. Y, por desgracia, los acontecimientos de los últimos días han terminado confirmando tan oscuros temores.

No ya porque el cabeza de lista de Vox por Albacete sea un confeso anticapitalista, negacionista, conspiranoico y homófobo personaje (algo que ingenuamente cabría atribuir a un mal funcionamiento de los filtros de selección de candidatos), sino porque la formación de Abascal ha recalcado su predisposición a perseguir y censurar a sus adversarios políticos. A día de hoy, Vox solo reclama la ilegalización de todos los partidos políticos independentistas por el mero hecho de ser independentistas (y no por los delitos que hayan podido cometer), sino que también amenaza con ilegalizar a Podemos por anti-español y marxista.

En otras palabras, no solo no rectifica una de sus propuestas más estrambóticamente liberticidas (ilegalizar a partidos y asociaciones independentistas), sino que redobla la apuesta para incluir a una formación que ni siquiera es independentista (más bien defiende facilitar la organización de una consulta sobre la independencia) y que formalmente ni siquiera suscribe a día de hoy planteamientos marxistas (cuestión distinta es cuál sea el posicionamiento profundo de muchos de sus líderes). Si Podemos puede ser ilegalizado, entonces cualquier otra formación se vuelve también potencialmente ilegalizable: el PSOE por “venderse” a Torra; Ciudadanos por ser un aliado de Soros y del marxismo cultural; y el PP por su “operación diálogo” con el golpismo secesionista. Una vez se cercena de base el respeto al pluralismo político y se apuesta por imponer una visión ideológica de carácter monolítico, cualquiera puede ser la próxima víctima del rodillo ilegalizador: las purgas políticas ya no se restringen al interior de las formaciones, sino que tienen lugar también entre formaciones.

Y cuidado, no se trata de que el marxismo no represente un peligro cierto para cualquier sociedad libre: evidentemente lo es. Se trata, más bien, de que las sociedades no pueden mantenerse libres instaurando la censura y reprimiendo las asociaciones voluntarias de sus ciudadanos. Puede que ésta sea la mayor fragilidad de las sociedades libres (tolerar a aquellos que defienden destruirlas mientras no ataquen los derechos individuales ajenos), pero es también la cualidad que las vuelve mínimamente atractivas para todos: que todos debemos respetar las libertades ajenas aun cuando los demás abracen visiones de la sociedad radicalmente enfrentadas a la nuestra es la garantía de que nuestra visión de sociedad también será respetada.

Al marxismo, mientras no dé el paso de utilizar la violencia contra sus conciudadanos, habrá que combatirlo intelectualmente, no policialmente: es decir, habrá que exponer cuáles son sus fallas argumentales y exhibir las devastadoras consecuencias de su aplicación en cualquier sociedad. Pero reprimir agrupaciones pacíficas por el mero hecho de que difundan tesis discordantes con un determinado statu quo político impide que el disenso contra ese statu quo político pueda manifestarse y articularse públicamente, de modo que sólo deja abierta la vía violenta como forma de expresar la oposición al mismo.

Una vía violenta que, por cierto, acaba canalizándose a través del Estado una vez que los grupos represaliados se hacen con el control del mismo. ¿O es que Vox es tan sumamente miope como para no darse cuenta de que existen amplios sectores de nuestra sociedad que —cada vez con más razones— ven en la formación de Abascal un peligro para sus libertades y, por tanto, estarían deseosos de ilegalizarla tan pronto como consigan una mayoría política suficiente y, sobre todo, tan pronto como se haya quebrado ese pacto social tácito de no reprimir el pluralismo político e ideológico en España?

Si aquello que Vox denomina “extrema izquierda” deviene ilegalizable, entonces, y por las mismas razones, aquello que la izquierda denomina “extrema derecha” (Vox) también será ilegalizable. Existen ciertos consensos mínimos acerca de la convivencia dentro de una sociedad que no deberían romperse bajo ningún concepto y Vox, ya sea por fanatismo ideológico o por cortoplacismo electoralista, los está rompiendo ahora mismo. Al igual que el populismo de izquierdas ha envenenado por lustros la convivencia dentro de España, el populismo de derechas está contribuyendo a hacer exactamente lo mismo.

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