¿Y si cerramos el FMI?

En la medianoche del sábado 14 de mayo, una encargada de la limpieza de 32 años, madre de dos hijos, entró en la habitación 2.806 del lujoso hotel Sofitel, en Manhattan, para realizar su trabajo. A ello se estaba dedicando cuando, de repente, el ex director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn (DSK), salió desnudo del baño, la asaltó por la espalda, comenzó a sobarle todas las partes de su cuerpo y la obligó a practicarle sexo oral.
Estos son al menos los hechos por los que el socialista DSK fue detenido el pasado domingo por el FBI. A falta de que se confirmen, al menos suenan verosímiles: DSK, desde sus tiempos como ministro de Economía francés a finales de los noventa, siempre ha tenido fama de mujeriego y obseso sexual. En 2007, nada más tomar posesión de su cargo en el FMI, la periodista Tristane Banon le acusó de haber intentado violarla en 2002 y, a mediados de 2008, una investigación interna demostró que DSK acababa de tener un affaire con una de sus empleadas, Piroska Nagy, motivo por el cual tuvo que publicar una carta pidiendo públicamente perdón.
Los cargos actuales son lo suficientemente graves como para que mancillen al conjunto de una institución que las izquierdas, muy inteligentemente, han conseguido vincular en el imaginario colectivo con el (neo)liberalismo. Y digo muy inteligentemente porque las políticas del FMI han cosechado fracasos y odios a partes iguales allí donde se han aplicado precisamente por no tener nada que ver con el liberalismo. Y, pese a ello, parece que ahora llueve sobre mojado para los defensores del libre mercado: no sólo debemos argar con la responsabilidad de una institución a la que se acusa con fundamento de arruinar a sociedades enteras, sino que, además, descubrimos que esa misma institución ha estado dirigida durante estos últimos cuatro años por un degenerado y presunto criminal.
Sin embargo, no deberíamos tragarnos con tanta rapidez la propaganda antiliberal. Al fin y al cabo, el FMI no es más que una megaburocracia internacional, que dirigió un socialista, plagada de funcionarios, sufragada coactivamente por los contribuyentes de casi 200 naciones, que hace décadas perdió su razón de ser y que, pese a ello, se ha estado dedicando a imponer desnortadas, contraproducentes y liberticidas políticas económicas a los países en crisis.
Recordemos que el FMI fue creado en 1947 para garantizar la estabilidad de los tipos de cambio en Bretton Woods. Dentro de este sistema monetario, todas las divisas europeas estaban ligadas al dólar mediante tipos de cambio fijos y el billete verde estaba a su vez vinculado al oro. La tarea del FMI consistía en que, si algún país acumulaba un déficit exterior excesivo, se le prestaba dinero durante 18 meses para que intentara regresar al equilibrio sin necesidad de devaluar.
Los dos padres intelectuales del Fondo fueron John Maynard Keynes –economista estatista e intervencionista donde los haya habido– y, sobre todo, Harry Dexter White, quien a la sazón fue su primer director gerente y posteriormente se descubrió que trabajaba como espía de la Unión Soviética. Tal vez así se entienda mejor que tanto Bretton Woods como el FMI eran dos artilugios socialistas diametralmente opuestos a los principios del liberalismo clásico: no se constituyeron para reforzar el patrón oro, sino para burlar la disciplina antiinflacionista que este imponía a Gobiernos y bancos centrales.
De hecho, fue la excesiva impresión de dólares por parte de EE UU para financiar su aventurismo militar en Vietnam y la hipertrofia de su Estado de bienestar (la Great Society de Lyndon Johnson) la que dio pronto al traste con Bretton Woods: había muchos más billetes que oro, de modo que Richard Nixon optó por anunciar en 1971 que el país dejaba de cumplir con sus obligaciones exteriores. Muerto Bretton Woods, los tipos de cambio entre divisas se convirtieron en flotantes y el FMI debería haberse disuelto. Pues, ¿cuál era el cometido de una institución destinada a velar por la viabilidad de un sistema que ya había desaparecido?
Realmente ninguno, pero a la postre el Fondo era un caramelo demasiado sabroso para todos los políticos arribistas que deseaban contar con una infraestructura internacional ya asentada con la que intervenir económicamente allí donde desearan. De este modo, el FMI mutó: su misión ya no era velar por el extinto Bretton Woods, sino por una vaga “estabilidad económica global”.
La izquierda lo ha demonizado desde entonces como un instrumento en manos de la plutocracia internacional para hacer avanzar la agenda (neo)liberal. Pero nada más lejos de la realidad: de entrada, los países que forman parte del FMI tienen prohibido regresar al patrón oro para estabilizar sus divisas; y, de salida, dos de sus recetas preferidas para atajar las crisis son –como ya han descubierto Portugal, Grecia o Irlanda– las sangrantes subidas de impuestos y las brutales devaluaciones monetarias. Ya se sabe, liberalismo salvaje en estado puro.
No estaría de más que aprovecháramos el delictuoso escándalo de DSK para reformar el desacreditado FMI de la mejor forma que podríamos hacerlo: cerrándolo.

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