¿Y si sólo compráramos productos españoles?

Una de las ideas más primarias de la historia del pensamiento económico ha sido la del mercantilismo: la concepción de la economía como un sistema cerrado y sujeto a un interés nacional en muchas ocasiones contrapuesto al de los individuos que componen las naciones. El mercantilismo observa al extranjero –al comercio internacional y a la división global del trabajo– como severísimas amenazas contra los intereses patrios; de ahí que Eli Heckscher, el mayor estudioso del mercantilismo, lo definiera como «la teoría económica del nacionalismo».
En medio de una crisis, el mercantilismo resurge culpando de los problemas internos a las «invasiones» comerciales externas. No es inhabitual echar las culpas del paro y de la depresión nacional a unos antipatriotas ciudadanos que consumen productos extranjeros, de tal guisa que, según se nos alecciona, si nos limitáramos a comprar productos propios, el paro y la crisis terminarían en un santiamén.
¿Es así? Si los españoles sólo compráramos productos españoles, ¿desaparecería el paro?
De entrada, hay que matizar que no queda muy claro qué es hoy unproducto español. ¿Un automóvil ensamblado en España a partir de piezas producidas en Alemania es español? ¿Y un automóvil ensamblando en Alemania a partir de piezas producidas en España? ¿Podemos decir que la agricultura española sigue siendo española en caso de que haga un uso intensivo de petróleo y de abonos importados? Un reciente estudio de la Reserva Federal estadounidense halló que casi el 36% de los ingresos por ventasmade in China se quedaban en EEUU y que, por el contrario, alrededor del 7,5% de los ingresos de mercancías made in USA se marchaban (y eso son medias, claro está; habrá productos concretos donde esos porcentajes sean muchísimo mayores). En tanto en cuanto no todo el comercio internacional se concentra en bienes finales de consumo, sino que también afecta a bienes intermedios, la nacionalidad de la producción es mucho más difusa de lo que podríamos pensar en un principio.
Así pues, digamos que todo producto es en gran parte mestizo, de manera que lo que debería contar, incluso desde una perspectiva mercantilista, es dónde se genera la mayor parte de su valor añadido; pero, de nuevo, esto tampoco guarda una relación unívoca con un mayor trabajo nacional: un alto valor añadido interno puede haber sido generado con muy poca participación de trabajadores y, por tanto, ir a parar casi íntegramente a un capitalista español que invierta en el extranjero (por falta de oportunidades internas). Por consiguiente, la relación causal de «a más consumo de productos españoles, más trabajo en España» es mucho menos clara de lo que podría parecer, y en ocasiones podría ser la inversa (dejamos de comprar productos alemanes, de manera que los factores productivos españoles que cooperaron en su fabricación van al paro y el capitalista alemán que se forraba con su venta se arruina y paraliza ciertas inversiones que quería acometer en España).
Pero asumamos el caso extremo de dos países que intercambian bienes finales intensivos en trabajo producidos íntegramente en su interior. Si alguno de ellos tiene elevadas tasas de paro, ¿no estaríamos mejor si lo compráramos todo dentro? En realidad no. Asumamos que España compra bienes alemanes y viceversa, pero que, de repente, y en un alarde de mercantilismo, los españoles boicotean a los alemanes para consumir sólo mercancías interiores. En tal caso, dos efectos tendrían lugar.
Por un lado, si los alemanes no nos venden sus productos (hoy o en el futuro), tampoco podrán seguir comprándonoslos. Los teutones importaban mercancías españolas merced a los ingresos que obtenían de exportarnos su producción: la única manera que tienen los alemanes de pagarnos es vendiéndonos sus productos, ésos que nosotros nos negamos a comprar. Por consiguiente, por esta vía lo único que sucedería es que algunos productores españoles (los que exportaban a Alemania y los que abastecían el gasto interno de esos exportadores) se verían perjudicados para que salieran beneficiados otros (aquellos que no vendían sus productos porque los españoles preferían importarlos desde Alemania, así como los que pasasen a abastecer su demanda interna). Ganancias netas no las hay, ni siquiera desde el punto de vista nacional(ista); más bien, como veremos, pérdidas netas.
Por otro, y ligado con lo anterior, si los españoles incrementamos nuestras compras internas aunque nos sean más caras o de peor calidad que las alemanas, lo que sucederá es que nuestra renta disponible caerá, de manera que nuestros gastos en otros productos españoles se tendrán que reducir en la misma proporción. Si por comprar coches españoles en lugar de alemanes hemos de pagar un 50% más, es evidente que ese sobreprecio deja de estar disponible para gastarlo en otras mercancías españolas; por ejemplo, saldríamos menos veces a cenar, perjudicando las cuentas de los restaurantes (y si la totalidad del ahorro de ese sobreprecio iba previamente a comprar productos alemanes, lo que sucederá es lo que tratamos en el punto anterior: caída de las compras alemanas a España). Dicho de otra manera: de nuevo, lo único que conseguimos es que ciertos productores nacionales salgan ganando y otros perdiendo.
En el fondo, lo que pasa es que, a causa de un patriotismo mal entendido, cada país pasa a especializarse en fabricar internamente unos bienes de un modo mucho más ineficiente que antes, pues se premia a los productores que lo hacen peor: en este caso, ineficiencia significa emplear más factores en producir los mismos bienes o producir menos bienes con los mismos factores. Y, obviamente, si todos producimos menos bienes que antes, por fuerza también deberemos gastar menos que antes (no podemos comprar lo que no hemos producido).
En suma, el problema no es que gastemos demasiado poco dentro de España. Reducir las importaciones a cambio de un mayor consumo interno supone, a la larga, minorar también las exportaciones; y si ese consumo interno es más caro que las importaciones que veníamos realizando, sólo nos estaremos empobreciendo (produciremos y consumiremos menos en agregado). Salvo que se endeuden, un individuo o una sociedad sólo pueden gastar más si previamente producen más, de manera que la cuestión sigue siendo la misma de siempre: cómo un país plagado de malas inversiones encuentra un nuevo modelo productivo que genere valor. Quienes defienden un mayor gasto patriótico en el interior no tienen una receta para acelerar la salida de la crisis, sino que se limitan a reclamar que la generación de valor de ese nuevo modelo productivo se restrinja a un páramo cerrado y autárquico en lugar de enclavarse en un entorno amplio y cosmopolita de división cooperativa del trabajo.
¿Dónde resulta más probable que los españoles generemos mayor riqueza? ¿En un mercado potencial de 7.000 millones de clientes, con amplios flujos financieros para financiar nuestros proyectos empresariales, con capacidad para acceder a cualquier factor productivo específico que requiramos y con los incentivos para especializarnos en aquellas actividades en las que somos relativamente mejores? ¿O en un diminuto y decadente mercado de 50 millones de clientes, con apenas ahorro interno, sin acceso a la mayor parte de factores específicos y forzados a especializarnos en aquello en lo que somos relativamente peores? Si opta por la segunda respuesta, plantéese si ese mismo principio podría aplicarlo a su comunidad autónoma, a su ciudad o a su barrio. ¿Alguien puede creer que saldríamos ganando si sólo pudiéramos comprarles a los comerciantes y fabricantes que se hallaran a un kilómetro a la redonda, por caros y deficientes que fueran?
Comprar productos españoles caros y de mala calidad por el hecho de ser españoles no nos convierte en más patriotas, sólo hace que nos peguemos un tiro en el pie: a saber, que sacrifiquemos a los consumidores españoles para beneficiar a los productores nacionales ineficientes a costa de perjudicar a los eficientes.

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