Ya era hora

Una de las cuestiones peor entendidas en esta crisis económica es que no necesitamos más sino menos deuda. Muchos economistas siguen empeñados en huir hacia adelante: como el endeudamiento en general produce un calentón económico (más inversión, más consumo, más empleo, más actividad…) infieren inmediatamente que ahora, para salir de esta crisis, también necesitamos más deuda.
Claro que… ¿cuánta más? Nuestras sociedades han acumulado en los últimos años unos pasivos equivalentes al 350% o 400% del PIB. Se trata de unas deudas que hemos de amortizar a través de nuestra producción futura. Pero, ¿producción futura de qué? Nuestras estructuras productivas están adaptadas para producir grandes cantidades de casas invendibles a unos precios que no hacen rentable su construcción. Resulta bastante evidente, pues, que con el estado actual de las cosas no podemos hacer frente a esa deuda y, de hecho, la mitad de los países del euro se encuentra al borde de la suspensión de pagos. De hecho, casi nadie niega este punto. La discusión entre los economistas se dirime en cómo hacer frente a esa suspensión: si mediante inflación, default o rescate. No discutimos el qué, sino el quién se va a comer el marrón.
La cuestión que todos deberían plantearse, sin embargo, es qué sentido tiene afirmar que necesitamos más deuda para salir de la crisis cuando, precisamente, ya no nos podemos hacer cargo de la deuda que hemos acumulado hasta el momento. A las claras está que se trata de otro sinsentido que deriva de ese mal consistente en aplicar teorías económicas elaboradas inductivamente durante épocas que nada tienen que ver con la actual: en los años 50 los agentes económicos eran enormemente solventes, hoy son terroríficamente insolventes. Un pequeño detalle que lo cambia todo y que constituye la razón básica por la que las mismas recetas –o los mismos placebos– no surtirán idénticos efectos en ambos casos.
Lo que toca ahora, sí, es amortizar deuda. Desmantelar estructuras empresariales que destruyen valor –como los promotores inmobiliarios–, vender sus factores productivos a aquellos empresarios que sepan darles un mejor uso y con las resultas de esa sana liquidación amortizar la parte de la deuda que se pueda (y la otra, lo siento, se impaga, que no otra cosa son las pérdidas empresariales).
En este sentido, hace bien Trichet en comenzar a subir los tipos de interés. Al margen de esa inflación de las materias primas que está generando Bernanke y que bien debiera convertirse en la tumba del monetarismo, hay una razón de mucho peso para subirlos: los tipos bajos no sólo promueven el endeudamiento de los agentes solventes, sino que también frenan el desapalancamiento de los insolventes. Ahora somos una sociedad mayoritariamente insolvente, por lo que necesitamos de tipos de interés altos para incentivar la amortización anticipada de una deuda con la que se han financiado inversiones que nunca volverán a ser rentables (si digo «suelo», los promotores inmobiliarios –y las cajas– me entenderán).
Los tipos bajos desincentivan que los deudores a tipo variable hagan borrón y cuenta nueva con sus deudas e impide que los deudores a tipo fijo cancelen anticipadamente las suyas. Y es que a menores tipos de interés, mayor se vuelve el valor liquidativo de las deudas a tipo fijo y, por tanto, más complicada y onerosa resulta su refinanciación.
Trichet acierta en subir los tipos. Por una razón: necesitamos menos deuda. Mientras creamos que podemos construir la recuperación con un endeudamiento todavía mayor a los impagables niveles actuales, continuaremos inmersos en un estancamiento destructor como el actual: lo malo va muriendo lentamente, pero lo nueve no tiene ninguna prisa por nacer.

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